Discos

Una Clemenza para entendidos

Barbara Diana
viernes, 11 de agosto de 2006
Wolfgang Amadeus Mozart: La clemenza di Tito, KV 621. Rainer Trost (Tito), Magdalena Kožená (Sesto), Hillevi Martinpelto (Vitellia), Lisa Milne (Servilia), Christine Rice (Annio), John Relyea (Publio). Scottish Chamber Orchestra and Chorus. Sir Charles Mackerras, director. Marita Prohmann, productora. Stephan Flock, ingeniero de sonido. Dos discos compactos DDD (127 minutos); grabación: Usher Hall, Edimburgo, agosto 2005. Deutsche Grammophon 00289 477 5792
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Entre todas las operas de Mozart, es posiblemente La Clemenza di Tito la que más ha padecido las consecuencias de una mitología mozartiana de marchamo romántico e idealista. Así, durante años esta obra maestra ha sido relegada a pieza de ocasión, escrita a toda prisa para complacer a un emperador de gustos conservadores, pero sin la convicción artística que invade los auténticos frutos del genio mozartiano. Incluso hoy mismo se la considera una obra débil, con un protagonista difuso y poco interesante, un encargo que el compositor le importaba tan poco como para hacer escribir los recitativos a un asistente. Si algún mérito tiene la investigación musicológica, ése es seguramente el de haber proporcionado las claves interpretativas para revelar que la verdad histórica y la artística son decisivamente distintas.

El libreto de Metastasio era uno de los textos más populares de la segunda mitad del siglo XVIII, puesto en música por decenas de autores, y las razones de su popularidad eran sustancialmente políticas, porque representaba a un soberano no sólo ilustrado, sino sobre todo humano, tal y como se muestra en la larga escena del segundo acto entre ‘Tito’ y ‘Sesto’, en la que el emperador anima la confianza del amigo diciendo ‘Odimi Sesto, siam soli; il tuo sovrano non è presente’. Un texto que probablemente para el masón Mozart no era menos revolucionario que Beaumarchais, y del que sabemos que el compositor ya había pensado musicar mucho antes de la comisión para la coronación praguense. Pero sobre todo, un trabajo de gran intensidad y coherencia dramática, en el momento en que la escena se restituye a los auténticos protagonistas, ‘Sesto’ y ‘Vitellia’, papeles que no por nada tienen el mayor número de arias y se escribieron para un ‘primo uomo castrato’ y una ‘prima donna’.

La Clemenza di Tito es una obra en la que el talento dramático de Mozart alcanza nuevas cimas, y su inteligencia humana nuevas profundidades. Más allá de la presunta fachada estilística que minaría el valor de esta ópera seria, están representadas pasiones que no tienen nada que envidiar a Don Giovanni; así, mientras en el drama semi-serio se podría argumentar que los personajes no son sino marionetas en unos eventos de novela de segunda, sin ningún desarrollo psicológico, en Clemenza asistimos al crecimiento de los dos protagonistas, que al fin de la obra alcanzan una comprensión bien diferente de sí mismos.

Y bueno, por si fuera poco, pues también está el detalle de la música. La reevaluación de la obra deriva seguramente de la partitura, que nunca ha necesitado excusas. Tras las primeras revisitaciones de István Kertész -que contribuyó a restituir la obra al repertorio-, y una memorable grabación de Colin Davis con Janet Baker -inusualmente no en el rol de ‘Sesto’, sino en el de ‘Vitellia’-, fue el turno para que intentaran Clemenza los revolucionarios de la praxis interpretativa: John Eliot Gardiner, Christopher Hogwood, y sobre todo Nikolaus Harnoncourt, autor del que posiblemente es el mejor registro del siglo pasado, con Lucia Popp y Ann Murray en los papeles principales, y Philip Langridge en el del emperador.
 
Pero al comienzo del nuevo siglo, agotado el boom que causó la excitación por las cuerdas de tripa y el acento sincopado, y con la crisis del mercado discográfico, ¿realmente tenemos necesidad de otra grabación de Clemenza? Obviamente, está la circunstancia del aniversario mozartiano. Pero sobre todo, está Charles Mackerras, un director que había empezado a plantearse cuestiones de praxis interpretativa cuando los campeones del género aún estaban en mantillas, y que al alba de los 80 años parece no sólo haber encontrado el elixir de la eterna juventud, sino también nuevas ideas allí donde parecía que ya se había dicho todo. Su comprensión de la retórica mozartiana es evidente desde las primeras notas de la 'Obertura', leída como una versión condensada del drama, resaltando los conflictos internos, más allá de los juegos de dinámicas y colores orquestales. La tensión dramática de las primeras páginas se mantiene a lo largo de toda la ópera, con una elección de los tiempos que siempre parece dictada por la situación escénica.

Aunque la auténtica delicia de la lectura de Mackerras es el uso de los ornamentos vocales: no sólo todos los apoyos, que son de manual, sino sobre todo las medias cadencias, las pausas, las ornamentaciones de las recapitulaciones. No por nada éste es el mismo director que ha grabado recientemente para Opera Rara un disco titulado Mozart the supreme decorator, dedicado a la fructífera (y documentada) relación del compositor austríaco con la tradición de la ornamentación vocal. Ejemplo de ello son los rondós ‘Deh per questo istante solo’ y ‘Non più di fiori’, donde la recapitulación del ritornello está adornada sin falta.

Tal vez, donde esta grabación deja que desear es en la elección de los solistas, que lamentablemente sólo son eficientes. Por mucho que las razones para la elección de Magdalena Kožena están bastante claras cuando se ve que la grabación está producida por Deutsche Grammophon, el papel de ‘Sesto’ no parece adecuado para el timbre ligero y sopranil de la cantante checa. Hillevi Martinpelto consigue dominar la absurda tesitura de ‘Vitellia’, pero sin pirotecnia. Rainer Trost se encuentra en dificultad con la coloratura de las arias de ‘Tito’, en particular ‘Se all’impero’, pero se redime en los recitativos, o en lo que queda de ellos, tras las discutibles elecciones editoriales que los han cortado casi por mitad. Lisa Milne en el papel de ‘Servilia’, Christine Rice en el de ‘Annio’, y John Relyea en el de ‘Publio’ completan un reparto sin pena pero también sin gloria. Pero la interpretación de Mackerras es tal que hace olvidar la falta de fuegos de artificio vocales, y su inteligencia dramática transforma lo que habría podido quedarse en un arriesgado ejercicio académico de praxis ejecutiva.

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