España - Madrid

Amor de poeta escandinavo

M. Guerrera
viernes, 12 de enero de 2001
Madrid, lunes, 8 de enero de 2001. Teatro de La Zarzuela. Recital de la soprano Barbara Bonney. Malcolm Martineau, piano. Programa: R. Schumann: 'Dichterliebe' Op. 48. 'A Scandinavian Dichterliebe' (Canciones de J. Sibelius, W. Stenhammar, E. Grieg, H. Alfvén y C. Sjöberg). VII Ciclo de Lied. Asistencia: 100% del aforo.
0,0001321 Superado el período navideño y entrados en la odisea del año, siglo, milenio...dos mil...uno se siente cargado de las promesas y proyectos propios de estas fechas, entre los que se encuentra como objetivo casi prioritario seguir caminando con un poco más de felicidad pese ésta lo que pese.A tal fin, la Fundación Caja Madrid y el Teatro de la Zarzuela nos tenían preparado un buen regalo de reyes, que por lo menos en mi caso, presagiaba alcanzar un poquito más tan deseada felicidad. El regalo no era otro que el recital a cargo de la soprano Barbara Bonney y el pianista Malcolm Martineau, con una uriosidad añadida en el programa: la de escuchar el ciclo schumanniano de manos de una mujer. ¿Un desafío en el nuevo milenio?Pues bien; espectantes acudimos la pasada fría y noche del pasado lunes para comprobar semejante afrenta a la naturaleza.Ya en el conocido 'Im Wunderschönen Monat Mai' quedamos sorprendidos ante un mes de Mayo aún cubierto de nieve, sin poder disfrutar de los capullos recién brotados, pues éstos aún no asomaban de entre las ramas ... A lo largo del ciclo (no es cuestión de comentar cada uno de los lieder), sufrimos y nos apenamos un poco de la decisión adoptada por la soprano. Los rasgos más finos de la poesía de Heine deberían haber encontrado su reflejo en la música, sin que el canto sufriera menoscabo alguno por ello, no siendo así, sin embargo, pues la voz y el sentido de la soprano no se acababan de encontrar con la libertad deseada. La mezcla de frivolidad y dulzura del poeta alemán no encontraron su mejor traducción en la interpretación de la Bonney, a la vez que el piano de Malcolm Martineau tampoco se tornó como expresión del 'yo' schumanniano, no dejando que se produjera en ningún momento su unión definitiva con el canto.La cópula tan perfectamente soñada por Schumann entre canto y poesía no llegó a producirse. La Poesía, en esta ocasión no se dejó preñar por el Canto; quizá la propia naturaleza quiso sentar las bases para consigo misma.El sentimiento del Dichterliebe se situó ante el espejo, no reconociéndose ante la imagen reflejada de la Bonney. Y es que la forma de decir, acariciar, recordar, mirar...y en definitiva sentir del hombre dista un largo trecho del de la mujer. ¿Acaso Amor y Vida de una Mujer podrían sentirse en unos poros masculinos?Desde luego, la VOZ de la Bonney, fiel reflejo de los sentimientos, no se sintió cómoda contándonos aquello que no le corresponde, y es que no adquirió los tintes que este ciclo requiere y que más de una vez hemos saboreado de labios baritonales e incluso tenoriles.El escarceo de la Bonney a terrenos varoniles nos dejó inquietos, aunque los que ya conocemos a la soprano esperábamos su particular Amor de Poeta Escandinavo (una selección de canciones de amor de poetas nórdicos) que para nada nos dejó fríos , mostrándonos a la verdadera Bonney en estado de gracia.Así fue: la soprano norteamericana se reencontró consigo misma y esta vez sí pudimos apreciar la paleta de colores que posee su clara y luminosa voz. El legatto se hizo río continuo y cristalino dejando que los sentimientos se nos brindaran radiantes a través de la selección de canciones de Sibelius, Stenhammar, Alfvén, Sjöberg y Grieg.Una pena que la precipitada decisión de la Sra. Bonney de realizar un cambio en el programa impidiera al Teatro ofrecernos la traducción de las cinco canciones no previstas.Aún así (no quiero decir con esto que sobren las palabras) la musicalidad, expresión, refinamiento y buen gusto se apoderaron del canto de la Bonney con la ayuda imprescindible e inestimable de Malcolm Martineau.Ahora sí, la Naturaleza puso cuanto de sabia tiene para que las Palabras se entregaran sensuales y desnudas al Canto, quien por fin las poseyó entregándonos generosamente el alumbramiento de la Maravilla.Con tres preciosas canciones, fuera ya de programa y reclamadas por un abarrotado teatro puesto en pie definitivamente rendido ante la rubia soprano, se nos dibujó el contorno de la Bonney, único envoltorio de sí misma; y es que Barbara Bonney, señores, sólo hay una.
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