España - Galicia

Festejando el lamento

Alfredo López-Vivié Palencia
martes, 3 de octubre de 2006
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Santiago de Compostela, viernes, 29 de septiembre de 2006. Catedral. Esther Viúdez, oboe. Real Filharmonía de Galicia. Hansjörg Schellenberger, director. Joseph Haydn: Sinfonía nº 26 en Re menor, Hob. I:26 ‘Lamentatione’; Wolfgang Amadè Mozart: Concierto para oboe en Do mayor, KV 314; Franz Schubert: Sinfonía nº 4 en Do menor, D.417 ‘Trágica’. Ocupación: 100%
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Que no lamentando el festejo, que fue lo que les pasó a unas cuantas docenas de compostelanos que se quedaron fuera de la Catedral sin poder asistir al concierto. Claro, era gratis y encima no había que desplazarse hasta el remoto Auditorio (que está a quince minutos de la Plaza del Obradoiro, caminando in tempo di andantino): así cualquiera. Con que la mitad de esos presuntos aficionados se abonaran a la temporada de la Filharmonía -aunque sólo fuera por la rabia que les debió suponer que les dieran con el Pórtico de la Gloria en las narices- me daba con un canto en los dientes.

En fin, inauguración en la Catedral de Santiago de Compostela del curso 2006/2007 de la Real Filharmonía de Galicia, recién llegada de hacer las Américas. Con el señor alcalde y el señor obispo en primera fila, como debe ser. Y con un director de postín. Y si en el programa han leído ustedes algo concerniente a la tragedia o a las lamentaciones, y semejante cosa les parece contraproducente en una ocasión como ésta, sepan que eso se debe al consustancial resquemor del pueblo gallego que le impide disfrutar plenamente de las cosas buenas de la vida, no vaya a ser que al día siguiente vengan mal dadas. Pero fue un concierto estupendo.

El tableteo despiadado de los fotógrafos no ayudó mucho a que entrara en calor la reducida plantilla dispuesta por Hansjörg Schellenberger para dar la Sinfonía ‘Lamentatione’ -apenas veinte instrumentistas de cuerda, más el viento prescrito-; pero cuando se tiene delante a este hombre -que ya es la tercera temporada consecutiva que viene a dirigir a la Filharmonía- es fácil sobreponerse a los elementos, porque sabe infundir confianza a sus músicos, él que durante tantos y tan gloriosos años ha sido músico de orquesta. De modo que, para el ‘adagio’, las cosas -y las cuerdas- ya estaban en su sitio.

Y qué serenidad tiene ese ‘adagio’, y qué sutileza la del buen Haydn para basarlo en el mismo tema que el primer movimiento casi sin que se note, a lo que contribuyó el énfasis que Schellenberger puso en la línea de los oboes; lo mismo que en el último tiempo supo jugar con las pausas y con los guiños dinámicos de la cuerda (digo bien, guiños, que en Haydn siempre hay buen humor pero nunca histrionismo).

A la bilbaína Esther Viúdez se le atascó el instrumento durante el primer movimiento del Concierto ‘Ferlendis’ y las pasó de todos los colores para sacarlo adelante (esos endiablados trinos que puso Mozart para adornar el comienzo del tema principal), pero un sabio consejo de Schellenberger -quién mejor que él- durante la pausa deshizo el entuerto, y durante el resto de la obra demostró por qué ella es una pieza fundamental de la orquesta, en la que esta temporada ocupa el puesto de coprincipal: claridad de emisión, buen fraseo y fuelle sobrado. Que es lo que hace falta para dar este concierto, un auténtica delicia que el público premió con muy buenos aplausos.

Para acabar, la Sinfonía ‘Trágica’ de Schubert, una obra que la Real Filharmonía tiene en repertorio desde siempre. Schellenberger adoptó un concepto muy inteligente, incorporando lo que de bueno han aportado a la interpretación de la pieza tanto los maestros de quienes aprendió como el movimiento historicista: así, la introducción lenta tuvo su necesaria gravedad, pero luego no dejó que ninguna sombra oscureciese el ‘vivace’, ni que la melancolía lastrara el tiempo lento -muy bien contrastado en el episodio central-, para dar un ‘minueto’ contundente pero no machacón.

Aunque no acabé de comprender las razones que le llevaron a pisar el acelerador casi desbocadamente en el ‘finale’, porque eso me suena contradictorio con el resto de la obra -que la transforma de presuntamente trágica a directamente cabreada-, y sobre todo porque en la acústica de la Catedral se perdieron demasiadas notas. Como no fuera el querer demostrar hasta qué nivel de exigencia es capaz de responder la Real Filharmonía, con toda la cuerda sentada en el borde de sus asientos, sin necesidad de acudir a gesticulación autoritaria y siempre con la sonrisa en la boca. Igual que la que se nos quedó a todos al salir del concierto.

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