Estados Unidos

Guillermo Tell y Shostakovich en Detroit

José A. Tapia Granados
viernes, 1 de diciembre de 2006
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Detroit (Michigan), domingo, 12 de noviembre de 2006. Max M. Fisher Music Center. Vadim Gluzman, violín. Detroit Symphony Orchestra. Neeme Jarvi, director. Giacomo Rossini, Obertura de ‘Guillermo Tell’. Edouard Lalo, Sinfonía española. Dimitri Shostakovich, Sinfonía nº 15.
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La Orquesta Sinfónica de Detroit es una de las mejores de Estados Unidos y el estoniano Neeme Jarvi, su afamado director titular de muchos años, no suele defraudar a su público. En este concierto, sabiamente titulado William Tell a efectos de mercadotecnia, los administradores de la Detroit Symphony Orchestra pusieron su mejor empeño para ofrecer un programa a la vez sólido y atrayente para distintos sectores. No cabe duda de que Jarvi, un director extrovertido y que siempre demuestra sobre el podio su disfrute de la música, consiguió que el público también disfrutara.

Si hoy las óperas de Rossini son raras en los escenarios, sus oberturas en cambio casan bien con el gusto moderno por lo breve y la de Guillermo Tell es probablemente una de las más interpretadas. Es también una obra que deja ver inmediatamente que estamos ante un gran compositor. Aunque sea un género distinto, por dimensiones y contenido esta obertura nada tiene que envidiar a los poemas sinfónicos de Liszt, Smetana o Chaikovsky. El paisaje musical que describe, desde su inicio serio y meditativo hasta la famosa cabalgada final, abarca toda una gama de atmósferas brillantemente descritas por la melodía y elegantemente instrumentadas. Esta es la clase de música que hará disfrutar a quienes gusten de esa heterogeneidad y ese transformismo que hace a las sinfonías de Mahler, Chaikovsky o Shostakovich tan antipáticas a quienes buscan la seriedad adusta de lo homogéneo y lo ‘coherentemente’ trágico, jocoso o monotemático.

La segunda obra del concierto fue la Sinfonía española de Lalo, pieza concertante para violín y orquesta que forma parte de una larga tradición en la que el supuesto exotismo decimonónico de nuestro país inspiró a músicos tan diversos como Bizet, Liszt, Balakirev o Ravel. (Dicho sea de paso, el contemporáneo William Bolcom titula “Jota” el cuarto movimiento de su interesantísima Sonata No. 4 para violín y piano) Afortunadamente, la inspiración española de Lalo en esta ‘sinfonía’, que es más bien un concierto o una suite, es sutil y folclórica, y no produce hoy día ese shock que por ejemplo pueden generar las Variaciones sobre un tema de una marcha española de Balakirev.

En cualquier caso, tanto por la obra como por la interpretación, esta fue la parte menor de concierto. El violinista ucraniano-israelí Vadim Gluzman tocó dignamente, recreándose en las alegrías de la partitura sin caer en una interpretación amanerada. Algunos fallos técnicos notorios deslucieron su contribución, pero la amabilidad de Jarvi, que en el concierto del domingo animó abiertamente los aplausos del público para el violinista, hizo que este diera una propina.

La Sinfonía nº 15 de Shostakovich, que se interpretó en la segunda parte del concierto, fue indudablemente la obra fuerte y el núcleo del programa. La sinfonía, que podría quizá considerarse la mejor entre las de Shostakovich, cierra su ciclo sinfónico como un gran mausoleo en el que el compositor de 66 años y salud seriamente quebrantada entierra toda su obra, llevándose consigo toda una colección de muestras de la tradición musical clásica. Shostacovich cita en la obra todas sus anteriores sinfonías, como indicó Pérez de Arteaga en Ritmo hace ya muchos años. Según Pérez de Arteaga, la obra tiene “poco o ningún sentido” para un oyente que no conozca e1 ciclo sinfónico completo de Shostakovich, idea que, además de teñida de cierto elitismo, no parece plausible, sobre todo porque la desmiente la experiencia, si es que el sentido de una obra musical es generar el placer estético de los oyentes. Para el público general, mucho más fáciles de captar que las autocitas son las citas de la Obertura de 'Guillermo Tell' -que es precisamente el tema unificador que se repite a lo largo de la obra- y los motivos wagnerianos de El anillo del nibelungo y Tristán e Isolda.

Todo ese material, prestado de sí mismo y de otros, subraya el carácter a la vez sintético y críptico de esta sinfonía que, además de un fruto más que maduro de una gran maestría compositiva, podría ser resultado también de una tradición musicológica occidental y soviética (Ivan Sollertinsky, Boris Asafiev, Deryck Cooke), según la cual la música es un vehículo apto para comunicar contenidos extramusicales. La idea ha sido rechazada desde e1 campo de la psicología cognitiva (por ejemplo, por Sloboda en The musical mind: The cognitive psychology of music) y si fueran ciertas algunas opiniones que al respecto se leen en las ‘memorias’ de Shostakovich quizá el compositor también la habría repudiado en su vejez. Pero no hay que olvidar que dichas memorias son muy probablemente una falsificación de Solomon Volkov.

El público estadounidense, cuya espontaneidad a veces animada por directores ansiosos de ‘divertirlo’ produce resultados que quizá sería mejor evitar, hizo notar con bisbiseos y ruidos que ‘entendía’ -si es que hay algo que entender- cuando el tema de la Obertura de 'Guillermo Tell', recién interpretada en la primera parte del concierto, irrumpió en los primeros compases de la sinfonía, en ese ‘Allegretto’ inicial que surge como un torbellino musical irónico y grotesco. El ‘Adagio-Largo-Adagio’ que sigue desgrana una música fúnebre en la que sobresalen momentos de intenso lirismo y otros quizá de sarcasmo. El 'Allegretto' que continua sin interrupción es como una breve mueca, rápidamente cortada por las trágicas citas wagnerianas que abren el movimiento final, que deriva pronto hacia una especie de indolencia que como un gran encogimiento de hombros cierra la sinfonía, en una atmósfera de casi completa indiferencia.

Eric Roseberry decía que esta sinfonía es quizás “un autorretrato tardío en e1 que el compositor afronta su propia mortalidad. Las ideas fijas serían símbolos de la infancia y de la muerte; las citas de su propia obra, un repaso de viejos logros, en tono serio o satírico”. El difunto Ian MacDonald veía en cambio un retrato de una sociedad en la que todos actúan como muñecos mecánicos, y de una cultura incapaz de decir nada real, y que sólo produce chirridos y tictács. La sinfonía sería así, una vez más en la interpretación unidireccional de MacDonald, una crítica del compositor al anquilosado sistema soviético. Para Christopher Norris la obra contiene, especialmente en su movimiento lento, pasajes de una intensidad dramática y una singularidad de enorme poder. Eso habrá de ser juzgado por cada oyente y para ello ayudará poco el conocer o no e1 resto de la obra sinfónica del compositor.

Neeme Jarvi hizo una lectura ajustada que puso de manifiesto las ironías, las ternuras y las tristezas de esta Sinfonía nº 15. El sonido y la técnica de la orquesta fueron excelentes y los fragmentos en los que el primer violín y el primer violonchelo actúan como solistas fueron impecables. Los rapidísimos pasajes fugados del primer movimiento en los que no sabemos si Shostakovich hace burla o rinde homenaje a sus colegas seriales, sonaron inmejorablemente. Quien esto escribe nunca había oído en directo esta sinfonía pero conoce las versiones discográficas de Evgeni Mravinsky, Georg Solti y Maxim Shostakovich, y sigue prefiriendo la del viejo Mravinski, cuyo ‘Allegretto’ inicial tiene un dinamismo casi brutal que conjura un ominoso escenario de autómatas arrastrados por engranajes inexorables. En otras versiones esta música corre cierto riesgo de convertirse en la broma simpática que parece no ser y que en algún momento pareció asomar en la interpretación de Neeme Jarvi. En cualquier caso, incluso la obra maestra, cuando se ha oído demasiadas veces, ya no produce la misma impresión.

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