Estados Unidos

Ellas se llevan la palma

Roberto San Juan
lunes, 18 de diciembre de 2006
Chicago, sábado, 2 de diciembre de 2006. Lyric Opera. G. Verdi: Il Trovatore. Ópera en cuatro actos. Libreto de Salvatore Cammarano, completado por Leone Emanuele Bardare y basado en El Trovador, drama de Antonio García Gutiérrez. Estrenado el 19 de enero de 1853 en el teatro Apollo de Roma. David McVicar, dirección escénica. Charles Edwards, escenografía. Brigitte Reiffenstuel, vestuario. Jennifer Tipton, luminotecnia. Richard Jarvie, maquillaje. Leah Hausman, movimiento. Donald Palumbo, maestro de coro. Elenco: Vincenzo La Scola (Manrico), Sondra Radvanovsky (Leonora), Dolora Zajick (Azucena), Mark Delavan (Conde de Luna), Andrea Silvestrelli (Ferrando), Buffy Baggott (Inés), Rodell Rosel (Ruiz). Actores. Orquesta y Coro titular de la Lyric Opera de Chicago. Dirección musical: Bruno Bartoletti
0,0002873 ¿Cómo hacer creíble la historia de una gitana envejecida por el sufrimiento, quien, para vengar a su madre, quiere arrojar al fuego a un niño de la familia del Conde de Luna -el viejo Conde había mandado matar a la madre de la gitana, acusada de bruja- pero, por error, arroja al fuego a su propio hijo? En esta nueva coproducción de la Lyric Opera de Chicago, la Ópera de San Francisco y el Metropolitan de Nueva York, el director británico David McVicar ha decidido trasladar la acción desde el Aragón de comienzos del siglo XV hasta el período de la invasión napoleónica en España a principios del siglo XIX. En su afán por crear, según sus propias palabras, “algo nuevo, poderoso” y plasmar la idea de dos hermanos en conflicto enamorados de la misma dama y desconocedores de que pertenecen a la misma familia, McVicar apunta más lejos y trata el enfrentamiento entre hermanos como un conflicto entre pueblos y naciones que, ignorando sus similitudes, hacen la guerra movidos por sus diferencias. Si bien nada en escena lo evidencia, McVicar no niega su deseo de establecer, con esta actualización de cuatrocientos años, un paralelismo con la ocupación de Iraq por parte de Estados Unidos.



Mark Delavan y Coro
Fotografía © 2006 by Dan Rest/Lyric Opera of Chicago


De lo que sí hay evidencias, y muchas, es de que estamos en la época de Goya. Empezando por la enorme tela del teatro, ya que la que acostumbra a ocultar de la vista el escenario ha sido sustituida para esta producción por un enorme telón que representa un detalle de una de las escenas de las Pinturas Negras del genial pintor aragonés, con un grupo de personas de rostro deformado y gesto caricaturesco, rasgos propios del Goya más expresionista. También la responsable del vestuario, Brigitte Reiffenstuel, nacida en Alemania y establecida en Londres, dice haberse inspirado en el pintor español para sus trajes de campesinos y gentes del pueblo. Éstos, al igual que los uniformes militares de ‘Ferrando’ y los guardias, me recordaron en cierta medida el vestuario diseñado por el americano Robert Perdziola para Carmen la pasada temporada en la Lyric. En la actualización de McVicar el grupo de gitanos en su campamento a comienzo del segundo acto se asemeja al de los gitanos contrabandistas de la ópera de Bizet.



Dolora Zajick, Walter Fraccaro y Coro
Fotografía © 2006 by Robert Kusel/Lyric Opera of Chicago


Lo que entendí menos fue la presencia en la zona izquierda del escenario de una cruz alzada con el muñeco de un ajusticiado acompañando a otros dos o tres postes verticales con otros tantos muñecos de reos atados a ellos. De fondo, una pared color plomizo con veteado de grises a modo de humo ascendente, semejante al cielo que Goya plasmaba en muchas de sus Pinturas Negras. Pero, dando por hecho que en la España del siglo XIX no existía como pena la crucifixión y si la intención era aportar un referente del catolicismo imperante, ¿por qué no se colocó en su lugar un crucifijo convencional?

Sí fue un acierto del británico Charles Edwards la disposición giratoria de la parte derecha del escenario, con una monumental pared representando el muro de un castillo infranqueable que, en su giro, se usó para separar las distintas escenas manteniendo un mismo hilo conductor de continuidad narrativa.



Dolora Zajick
Fotografía © 2006 by Dan Rest/Lyric Opera of Chicago


Cuando en cierta ocasión se planteó a Enrico Caruso una pregunta acerca de los requerimientos de Il Trovatore, el legendario tenor respondió con candidez que la ópera requería “cuatro de los mejores cantantes del mundo”. En esta ocasión en el apartado vocal otorgo una mayor puntuación total a las damas. Comenzaré por ‘Azucena’, un personaje de extraordinaria fuerza -no olvidemos que la intención original de Verdi era que su ópera llevase por título el nombre de la gitana- que la mezzo americana Dolora Zajick bordó. Desde su primera intervención con la canzone ‘Stride la vampa!’ Zajick mostró una voz poderosa, de bonito timbre, rica en armónicos y con generoso vibrato que, combinado con sforzandi e intensos filados, produce un poderoso efecto expresivo que Zajick conoce y explota inteligentemente. La expresión parece palpitar en ondas de intensidad que la mezzo controla con maestría, siendo capaz de atacar el sonido en pianissimo con limpieza. Además, su tesitura es amplia, lo que le permite realizar sin dificultad incursiones en la zona aguda con coloratura propia de una soprano belcantista. Por otra parte, su interés científico le ha llevado a profundizar en su personaje desde un punto de vista médico, afirmando que ‘Azucena’ sufre desórdenes debidos a estrés postraumático, lo que le ayuda -según declara la mezzo- a entender la compleja psique del personaje y enfrentar su interpretación de un modo aún más realista.

El otro papel femenino de peso es ‘Leonora’, interpretado en esta ocasión por la soprano americana Sondra Radvanovsky. Con una voz hermosa y excelente control de matices, cosechó un merecido aplauso en la segunda escena del primer acto (cavatina ‘Ascolta! Tacea la notte placida’ y cabaleta ‘Di tale amor che dirsi’), que cantó con maestría, excelente desenvoltura escénica y sin ningún desajuste con el acompañamiento orquestal.



Walter Fraccaro, Mark Delavan y Sondra Radvanovsky
Fotografía © 2006 by Robert Kusel/Lyric Opera of Chicago


El tenor italiano Vincenzo La Scola, quien en otras fechas alterna el papel con su compatriota Walter Fraccaro, fue un buen ‘Manrico’, pero, desde mi punto de vista, estuvo menos a la altura comparativamente con las féminas. Sus agudos no sonaron con la potencia debida y parece que a su voz le falta algo para ser extraordinaria. Por otra parte, su presencia sobre el escenario resultó estática en exceso en momentos cruciales, como la lucha de espadas con el ‘Conde’ al final del primer acto, donde se echó de menos mayor dinamismo y credibilidad. Sin embargo, también tuvo grandes momentos y el público le dedicó un aplauso tras la cavatina ‘Ah, sì, ben mio’ en la segunda escena del tercer acto.

Mejor papel realizó el barítono americano Mark Delavan como ‘Conde de Luna’. Su voz es clara y potente, muy bella en el registro medio, aunque su timbre se vuelve algo opaco en el agudo. El bajo italiano Andrea Silvestrelli y la mezzo americana Buffy Baggott cantaron bien sus papeles de ‘Ferrando’ e ‘Inés’, respectivamente.

El coro, como siempre, estuvo excelente. Sin duda se echará de menos al maestro Donald Palumbo cuando al final de la presente temporada abandone su puesto en Chicago para dirigir al coro del Metropolitan de Nueva York.

Por último, ¿qué decir de Bruno Bartoletti? El actual director emérito de la Lyric Opera de Chicago hizo su debut en América en esta misma sala y con esta misma ópera hace cincuenta años. Su experiencia no restó frescura a la representación y supo integrar a la orquesta como pleno participante en el drama musical. Según sus propias palabras, cada vez que se reencuentra con la partitura de Il Trovatore -en este caso en edición crítica de David Lawton, publicada por la Universidad de Chicago y la casa Ricordi- descubre algo nuevo que se esfuerza en transmitir al público. Doy fe de que lo consigue.
Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.