Editorial

El 'adecuado decoro' de los auditorios vacíos

Consejo Editorial
martes, 30 de enero de 2007
0,0001443 La recomendación del Teatro La Scala de Milán a sus espectadores de que observen el "adecuado decoro" pone una nueva piedra en el camino a los esfuerzos que se están realizando en muchas partes del mundo para que la música en vivo alcance una cantidad de público que garantice su supervivencia, incluso a corto plazo.

Según informó recientemente la prensa italiana, el teatro milanés ha instado en un mensaje escrito en sus entradas, a acudir a los espectáculos "con traje y corbata a los hombres y a las mujeres a vestirse con adecuado decoro". Su director artístico, Stéphane Lissner aclara que no obstante "no se expulsará a nadie y sólo se invitará a los espectadores a observar las normas". Algunos observadores han apuntado ya que decisiones de este tipo pueden alejar a cierto tipo de público, en particular a los más jóvenes. Otros, como el director de orquesta Riccardo Chailly aplaudió la iniciativa pues "una sede histórica como La Scala tiene que tener un público que honre el lugar".

La cuestión, lejos de ser anecdótica, se enmarca en el debate de los últimos años respecto a las importantes dificultades que encuentra la ópera, la música sinfónica y de cámara para captar nuevos públicos. La luces de alarma se encienden cuando un violinista del éxito de Frank Peter Zimmermann no da a este tipo de música una vida "más allá de diez o quince años" vaticinando que tras ese momento "la música clásica solo se podrá ver en vivo en los museos". Con tintes menos pesimistas, el crítico Juan Ángel Vela del Campo escribía la pasada semana en el diario 'El País' que el público de la ópera "ha envejecido" y notaba "escasa afición a la ópera entre los jóvenes y los niños". Concluía con que "se están haciendo esfuerzos para crear afición y formar nuevas audiencias, pero el futuro dependerá de las facultades del espectáculo de propiciar un auténtico lugar de encuentro entre las artes lo suficientemente atractivo". Cita además los "rigurosos estudios de la Cámara de Comercio de Salzburgo publicados en julio de 2003" y afirma que ya en ellos "se traslucían datos como una media de edad de los asistentes superior a los 60 años y una alarmante ausencia de incorporaciones jóvenes en la última década."

A similar conclusión se llega si se analizan los datos de la segunda edición del Anuario de Estadísticas Culturales del Ministerio español de Cultura. La ópera es la actividad que menos interés despierta entre los consumidores culturales, en una lista que encabeza la lectura y que está seguida del teatro, la música actual, la música clásica, el ballet y la danza. No es extraño si se tiene en cuenta que la edad media de los asistentes supera los cuarenta y que mayoritariamente son pensionistas. Además, informa que a los espectadores que acudieron a un programa de música moderna les costó la entrada una media de 5,3 euros, mientras que los que acudieron a la ópera tuvieron que pagar 33,4. euros A ese precio La Scala pretende añadir la compra de un traje, corbata y peluquería. Así será imposible convencer a los jóvenes, la mayoría estudiantes, de que acudan a la ópera.

Es difícil que una iniciativa como la de Milán, que trata de imponer la uniformidad en un mundo tan diverso, contribuya a alcanzar el objetivo de "propiciar un auténtico lugar de encuentro". Como tampoco contribuyen los jeroglíficos programas de mano que abundan en las salas de concierto, los artículos periodísticos que al hablar de música utilizan un lenguaje muy por encima del universitario medio, o los directores de orquesta que como recientemente Christian Thielemann en Las Palmas de Gran Canaria (España) se dirigen de malos modos al público para reprocharles un ataque de tos. Tal vez un público casual sport y un tanto ruidoso no sea el ideal para una ópera de Verdi, pero tal vez sea ese un mal menor respecto a los nubarrones que se avecinan y a los que aún hoy se siguen mirando como si no pasara nada.
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