Editorial

La ópera cuatrocientos años después

Consejo Editorial
viernes, 23 de febrero de 2007
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El 24 de febrero de 1607 la corte de Mantua presenció el estreno de L’Orfeo de Striggio y Monteverdi. Por su uso del recitativo y la unidad argumental de este dramma per musica con introducción y cinco actos, la musicología toma L’Orfeo como la primera ópera de la historia del género—si bien Euridice de Peri le disputa la primacía. Lo cierto es que la elección de L’Orfeo como primera ópera es adecuada para nuestros intereses contemporáneos puesto que, a diferencia del título de Peri, sigue interpretándose en nuestros días en los teatros de ópera, continentes que nombran a buena parte de sus contenidos.

Cuatrocientos años después, y con todo lo que ha llovido, la ópera goza de buena salud, al menos relativamente. Esto es, la ópera sigue siendo un negocio y atrayendo público. Y esto llama especialmente la atención si contemplamos el panorama general de la música clásica: se cierran orquestas, los auditorios pierden público y las casas discográficas han renunciado a embarcarse en costosas empresas. La ópera en CD también ha sufrido un golpe severo. La mejor prueba de ello es que la grabación de Tristan und Isolde dirigida por Antonio Pappano y con Plácido Domingo como estrella principal que editó EMI en 2005 es probablemente la última ópera grabada en estudio. Y que lo es gracias a que Domingo, sabedor de su incapacidad para cantarla en directo, puso dinero de su bolsillo para que el proyecto saliese adelante.

El DVD, sin embargo, está pujando fuerte. Este relativamente nuevo sistema de reproducción digital, que ha dejado trasnochado al VHS, ha permitido a los aficionados a la ópera—y a los que lo son en potencia—un conocimiento extensivo de las distintas formas de producción operística: desde los tradicionales espectáculos del Met, hasta las más arriesgadas producciones alemanas, pasando por los espectáculos de masas, como la muy vendida Turandot en la Ciudad Prohibida de Pekín. El DVD alimenta a quienes no disponen de teatros de ópera cerca de casa, al mismo tiempo que contribuye a la cultura operística de los que tienen la suerte de tenerlos.

Como resultado del creciente desinterés de las clases medias—y especialmente medias-bajas—por el género, muchos teatros de ópera han dejado de formar parte del mapa cultural de sus ciudades. Es el caso de muchas ciudades italianas, donde los loggionisti de sus teatros ya no son aquellos románticos; o de Buenos Aires, donde el Teatro Colón, en franca decadencia, no es ya un centro de tertulia y discusión; o incluso en Londres, donde en el Upper Circle de The Royal Opera se ha perdido parte de la camaradería que reinaba hace sólo un par de décadas. Pero como explica magistralmente el historiador de la ópera John Rosselli, la ópera como espectáculo de las clases medias-bajas fue flor de un día.

De nuevo, los teatros de ópera buscan desesperadamente la rentabilidad y algunos la logran gracias a las clases medias acomodadas que hacen uso de sus restaurantes, cafés, tiendas y entradas a precios astronómicos. A esto se añaden los patrocinadores privados y los ministerios de cultura. Por poner un ejemplo, una butaca en Covent Garden alcanza las 170 libras esterlinas (aproximadamente 320 dólares americanos y 230 euros). Si a la noche se añade una cena en el restaurante del teatro y una carrera en taxi la factura sube como la espuma. Y aún así, día tras día, el teatro y el restaurante están llenos. Tomarse un refresco en alguno de los tres bares durante el intermedio significa hacer cola. Gracias a los ingresos que producen estos servicios, las entradas baratas, las entradas con las que los estudiantes se enfrentan a un Parsifal de pie, cuestan 7 libras (12 dólares, 10 euros). Por el mismo motivo, Covent Garden presume cada año de pedir menos dinero al estado y el Metropolitan de Nueva York ha reducido la aportación pública a su inmenso presupuesto al 1%.

Frente a este modelo anglo-americano, que permite precios astronómicos en las butacas y bajos en los anfiteatros, nos encontramos con el europeo continental, paradójicamente menos social pese a estar más subvencionado. Un ejemplo: en la Opéra Garnier de París los más pudientes ven las óperas por mucho menos dinero (120 euros, 80 libras, 150 dólares) y los que lo son menos asisten por 12 euros (el mismo precio que en Covent Garden). Al final, se beneficia a los más pudientes. No cabe duda de que el modelo anglo-americano funciona mejor que el café para todos de la Europa continental. Y funciona mejor porque en los teatros norteamericanos e ingleses la edad media del público es muy inferior estadísticamente a la europea; y funciona mejor porque cuesta mucho menos al erario público. 

Ambos modelos, sin embargo, precisan de la desinteresada generosidad del estado o de los patrocinadores. La paradoja es que la ópera mueve dinero, paga sueldos extraordinarios a los grandes divos, pero a menudo no genera beneficios al propietario último del teatro en que se representa. Quizás deba plantearse, por tanto, una reforma en el modo en que esta empresa cultural se gestiona. Si los grandes nombres de la ópera no generan el dinero que cobran, sus sueldos están obviamente inflados (a diferencia del de futbolistas como Beckham que, independientemente de sus sueldos, resultan rentables a la empresa que los contrata) y las cosas deben cambiar.

Mundoclasico.com ha abogado, y aboga de nuevo en este editorial, por una creciente liberalización del mercado musical que, creemos, será saludable para el género que está de cumpleaños. Nosotros lo celebramos con un número monográfico en el que se comenta un DVD de L’Orfeo, se publican varias críticas de ópera y se cuenta con dos colaboraciones especiales. Por un lado, publicamos el artículo El escándalo de la ópera que firma Emanuele Senici, editor de Cambridge Opera Journal, la revista académica sobre ópera más importante del mundo. Y por otro, el artículo que la historiadora de la literatura de la Universidad de Oxford María Liñeira, nueva y entusiasta aficionada a la ópera, ha escrito para la ocasión. A ambos investigadores agradecemos su generosa contribución.

Ahora levantamos nuestra copa para brindar por al menos otros cuatrocientos años de vida a uno de los géneros favoritos de los aficionados a la música clásica.

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