España - Valencia

Domingus vobiscum

Rafael Díaz Gómez
viernes, 23 de febrero de 2007
Valencia, domingo, 11 de febrero de 2007. Palau de les Arts. Cyrano de Bergerac, ópera en cuatro actos. Libreto de Henri Cain basado en la novela homónima de Edmond Rostand. Música de Franco Alfano. Estreno: Roma, Teatro Reale, 22 de enero de 1936. Michal Znaniecki, director de escena y escenografía. Isabel Comte, vestuario. Bogslaw Palewicz, iluminación. Davide Riminucci (acróbata). Elenco: Plácido Domingo (Cyrano); Sondra Radvanovsky (Roxana); Arturo Chacón-Cruz (Christian); Rod Gilfry (De Guiche); Carmelo Corrado (Ragueneau); Nahuel di Pierro (Le Bret); Roberto Accurso (De Valvert); Rubén Belmonte (Un oficial español); Juan Felipe Durá (El cocinero); Miguel Solá (Lignere); Juan Navarro (El mosquetero); Itxaro Mentxaka (La dueña-Sor Marthe); Silvia Vázquez (Lisa-Una monja); Juan Navarro (Centinela I); Antonio Gómez (Centinela II). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Cor de la Generalitat Valenciana (Francesc Perales, director). Patrick Fournillier, director musical
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En el otoño de 2005, mientras el Palau de les Arts se arreglaba lo justo para su primera inauguración, se podía contemplar en el vecino Museo de las Ciencias Príncipe Felipe una exposición fotográfica titulada La ópera y Valencia. Instantáneas históricas recogidas por la agencia EFE. Un timo absoluto para el que con ilusión acudiera a la convocatoria atraído por la primera parte del título. De las setenta fotos, creo recordar que lo más valenciano que había en ellas era una de Penella. La valencianía restante la representaban, cómo no, los políticos locales posando junto a Calatravas, Mehtas y Maazeles. Por lo demás, mucho glamour: Scala por aquí, Scala por allá, hete aquí un Onassis, he ahí una Callas, miren qué propios están en esta los tres tenores… No faltaban hasta acontecimientos paranormales, como el que sugería una de las cartelas de la exposición: Sergei Procofiev estrenó su ópera El ángel de fuego en Moscú el 21 de abril de 2004. En fin, errores más o menos divertidos aparte, lo que descorazonaba profundamente era esa imagen engolada y elitista que parecía querer asignársele a la ópera, esa asociación, apelmazada por rancias destilaciones, entre divismo y exclusividad. La muestra, gratuita, era como si quisiera advertir al personal: la ópera es así, no puede ser de otro modo, y por eso la estamos construyendo de esta forma aquí al lado, ¡qué se le va a hacer!

Me da en la nariz que la intendente del Palau de les Arts se pirra por las estrellas y le encanta vagar por etéreos mundos (después de haber cobrado en los terrenales, claro). Y no es ilegítimo pensar que, tras la avería escénica de la gran sala, su principal baza era la aparición de Plácido Domingo, quien como Deus ex machina vendría a resolver la situación y a despejar las dudas levantadas en torno al proyecto del complejo artístico, o, como expresara públicamente y sin sonrojarse un consejero del gobierno autonómico, a volver a situarlo en primera línea del circuito operístico internacional. De esta forma, la maquinaria de sacralizar se puso en marcha y el nuevo Palau organizó otra exposición fotográfica, Plácido Domingo. El tenor en Valencia, con ochenta instantáneas tomadas por Eva Ripoll durante la estancia del cantante en la ciudad desde que llegara para los ensayos de Cyrano. Por su parte, los medios de comunicación también concedían más espacio que el habitual al acontecimiento, e incluso en el día siguiente al estreno publicaban algunos periódicos crónicas más extensas que las críticas que se editaron, como es corriente, dos días después.



Fotografía © 2007 by Palau de les Arts


Apostar el éxito de una empresa a la tarea de una sola persona entraña un riesgo considerable. Y aunque es bien cierto que la realización de una ópera nunca se culminaría si no se aunaran muchas voluntades, me parece que Domingo ha sido el factotum del Cyrano estrenado en Valencia. El tenor madrileño, empeñado en el rescate para el repertorio de este título, lo había cantado antes en el Met y en el Covent Garden, ya entonces con Radvanovsky como pareja, en una producción que era la que se esperaba en la capital del Turia. El estropicio de la plataforma móvil de diciembre del pasado año, motivó que la escenografía de Francesca Zambello fuera sustituida por otra encomendada a Michel Zaniecki. Ignoro la razón, pero Marco Armiliato también se cayó de la dirección musical y vino entonces a sustituirle Patrick Fournellier. El francés, bregado en los fosos y podios más importantes de Europa, con un repertorio que parece encontrar su eje en las óperas de finales del XIX y principios del XX, y muy especialmente en Massenet, admitió no conocer la partitura de Cyrano hasta que le llegó a sus manos la que le proporcionó, un poco tarde según él mismo apuntó, el Palau de les Arts. A Fournellier le habría gustado hacerle a Domingo una serie de “consultas previas” sobre la obra, pero recuperó el camino perdido “trabajando duro” (Levante, 11-2-2007).



Plácido Domingo y Arturo Chacón-Cruz
Fotografía © 2007 by Palau de les Arts


Pues bien, todos trabajaron duro, sí, y prácticamente todos triunfaron. Empezando por un Plácido Domingo sensacional. Si no me equivoco, el tenor no había vuelto a cantar en Valencia desde el sexto festival que la A.V.A.O. organizara en 1976 (Carmen). Entonces estaría más delgado y tendría menos arrugas. Pero cantar, es difícil que cantara mejor que el pasado día once. Y lo que haya podido perder de brillo, de chispa o de energía juvenil lo ha compensado con creces con una sabiduría escénica y una musicalidad inapelables. Sólo unos titubeos iniciales abrieron un resquicio de duda en el público, pero no tardó el cantante en apoderarse de toda la sala con su voz cálida, entera, naturalmente mágica. A sus sesenta y seis años su técnica es prodigiosa, pero no menor que su inteligencia. Magnífico actor, sabe que el papel de Cyrano le es agradecido y desafía su constante presencia en la escena no con fatiga, sino con una entereza y una frescura impresionantes. Entregado, consciente de cómo se mueven los resortes emocionales, construyó la muerte de su personaje de una forma exquisita. ¡Bravo!



Sondra Radvanovsky y Plácido Domingo
Fotografía © 2007 by Palau de les Arts


La mayor salva de aplausos y de vítores del respetable fue, sin embargo, para Sondra Radvanovsky. La soprano norteamericana tiene unos medios impresionantes, solidez, densidad, homogeneidad, atractivo color y regulaciones dinámicas milimétricas. Es posible que el vibrato se le abriera en alguna ocasión y que en alguna otra abusara de su potencia, pero compuso el personaje de 'Roxana' con una fe y una seguridad encomiables. Fue también una gran actriz.

Algo apocado pareció el 'Christian' de Arturo Chacón-Cruz, quizá achantado el tenor por la omnipresencia de Plácido, quizá algo aturdido por el constante flujo orquestal, aunque estoy seguro que sus prestaciones serán mejores en las tres funciones restantes. Mientras, Rod Gilfry fue un sólido 'De Guiche' a pesar de que perdió mordiente hacia el final. El resto del reparto mantuvo un muy buen nivel, mientras que el Coro de Valencia volvió por donde solía, es decir por el del buen hacer.

Por su parte, Fournellier también limará algunas fogosidades en sus próximas interpretaciones de la obra poco misericordiosas con los cantantes. Pero en líneas generales su intervención fue profundamente servil con la amplia paleta tímbrica de la partitura y muy lograda en su ilación agógica. Logró momentos muy poéticos en los dúos de amor y en la escena final.



Plácido Domingo y Davide Riminucci
Fotografía © 2007 by Palau de les Arts


A resultas de todas estas intervenciones quien también triunfó fue la música de Alfano, que se estrenaba en esta ocasión en España. Su recitativo-arioso postverista, que tiene algo de Puccini y algo más de Debussy, así como una especie de impulso straussiano, apoyado en una rica y sutil orquestación, pronto supo envolver al público y meterlo en la historia. Merece la pena conocer la obra. Y no estaría mal hacerlo a través de esta versión que esperemos que comercialice el Palau de les Arts.

Porque lo escénico también tuvo su mérito. Lo tiene sin duda por el hecho de haber alcanzado tales rendimientos en apenas dos meses. Pero también por sus logros intrínsecos, siempre presididos por una clara vocación funcional (¿para qué más?). Un tambor central capaz de adoptar diferentes formas fue el soporte sobre el se desarrollaron las escenografías de los cuatro actos. Unas sombras chinas, las proyecciones de cartas manuscritas sobre el fondo del escenario, unas luces magistralmente dosificadas y en una continua transformación, un vestuario pulido y hermoso, y un movimiento actoral simple (eso sí, un punto excesivo en el primer acto) pero efectivo, lograron ponerse siempre al servicio del drama y de la música con una sensibilidad más que encomiable. Muy llamativa fue la intervención del acróbata Davide Riminucci en el primer y tercer acto: sus piruetas colgado de una cuerda fueron más allá de la mera gimnasia antigravitatoria (por cierto, eso fue lo que mejor pude contemplar, al desarrollarse las acrobacias en las alturas del escenario: situado en la tercera fila del primer piso, a pesar de que bastante centrado, comprobé que el escaso desnivel en el que se disponen las butacas que no pertenecen a la platea pone muy complicada la visibilidad a los que no ocupan la primera fila, con lo que el espectador, si es bajito, acaba desistiendo de lo escénico y si es alto, explora miles de posturas bien poco ergonómicas: ¿así ha de ser un teatro de ópera diseñado en el siglo XXI?).

Total que, en resumidas cuentas, hubo milagro (talento más sudor). Es indudable que el Palau de les Arts tiene en su orquesta y en su coro dos puntales de garantía. Y lo demás, en esta ocasión, y a pesar de la apretura de tiempo, rodó estupendamente. Así que enhorabuena a todos, especialmente a ese Domingo taumaturgo que habitó entre nosotros. Otra cosa es que su intervención quizá haya venido a apuntalar en algunos sectores pseudoaristocráticos de Valencia la idea de que la ópera es una actividad que surge por emanación divina, bien que financiada con dinero público. ¡Si hubieran visto con qué reverencial agradecimiento aplaudía al divo desde su butaca doña Helga Schmidt!

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