Austria

Sin sofocos

Gerardo Leyser
miércoles, 28 de febrero de 2007
Viena, viernes, 22 de diciembre de 2006. Wiener Staatsoper. Arabella, ópera en tres actos de Richard Strauss sobre libreto de Hugo von Hoffmannsthal (estreno, Dresde, 1933). Sven-Eric Bechtolf, director de escena. Rolf Glittenberg, decorados. Elenco: Adrianne Pieczonka (Arabella), Thomas Hampson (Mandryka), Genia Kühmeier (Zdenka), Daniela Fally (Fiakermilli), Wolfgang Bankl (Conde Waldner), Daniela Denschlag (Adelaida), Michael Schade (Matteo), John Dickie (Elemer), Vladimir Moroz (Dominik), Joyhannes Wiedecke (Lamoral), Janina Baechle (Kartenaufschlägerin), Konrad Huber (Welko), Jacek Krzyszkowski (Djura), Thomas Köber (Jankerl), Wolfram Igor Derntl (Zimmerkellner), Jeong-Ho Kim, Oleg Savran, Jens Musger (Drei Spieler). Coro (dirección: Janko Kastelic) y Orquesta de la Opera del Estado de Viena. Franz Welser-Möst, director musical
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Richard Strauss conoció a Hugo von Hoffmannsthal en el 1900. En esa época ya había compuesto Guntram y estaba trabajando en Feuersnot. En 1905 terminó de componer Salomé, basada en una obra de Oscar Wilde. Pero fue recién en 1906, cuando vio la Elektra de Hofmannsthal en una puesta de Max Reinhardt (Strauss, Hofmannsthal y Reinhard fueron, en 1917, tres miembros los fundadores del Festival de Salzburgo), cuando se dio cuenta del papel que podría desempeñar Hofmannsthal en calidad de libretista. A partir de ese momento el escritor vienés fue, hasta su muerte, acaecida en julio de 1929, el autor de los textos de las más grandes óperas de Strauss: Elektra (estrenada en 1909 en Dresde), El Caballero de la Rosa (1910, Dresde), Ariadna en Naxos (1912, Stuttgart), La mujer sin sombra (1919, Viena), Die Ägypitsche Helena (1928, Dresde) y finalmente Arabella (1933, Dresde). Resulta interesante observar que este compositor bávaro -nacido en Munich, en 1864- y el dramaturgo y poeta von Hoffmansthal, nacido en Viena en 1874, estrenaron la mayoría de sus óperas en Dresde.

Lo que ocurrió en Europa, en general, y Alemania y Austria en particular, en el transcurso de los años que duró esta exitosa colaboración, no tiene paralelos en la historia del Viejo Continente. No obstante, en sus óperas, ambos permanecieron totalmente ajenos a ello. La relativamente temprana muerte de Hoffmansthal (tenía 55 años cuando falleció) hizo que se salvara de lo peor. Pero Strauss siguió impertérrito, por lo menos en lo que al contenido de sus óperas se refiere, a la realidad política y social que lo rodeaba, y eso hasta su última ópera Capriccio.


Arabella, escena II
Fotografía © 2006 by Wiener Staatsoper GmbH/Axel Zeininger

Resulta legítimo preguntarse cómo es posible que de la pluma de Hoffmansthal saliera una obra tan superficial como Arabella, y la razón por la cual Strauss la puso en música. Cierto, Hoffmansthal era vienés y en dicha época cundía la llamada 'era de plata de la opereta': Franz Lehar ya había compuesto sus más famosas operetas y en 1929 estrenó El país de la sonrisa. Pero en Viena también vivían y trabajaban compositores como Alban Berg, cuyo Wozzeck, concluido en 1921 y estrenado en 1925, es una obra de arte portentosa que refleja el mundo circundante, tanto en lo dramático como en lo musical, al igual que Lulú, estrenada diez años más tarde, por solo mencionar dos ejemplos de la época.

Genia Kühmeier, Adrianne Pieczonka, Wolfgang Bankl y Daniela Denschlag
Fotografía © 2006 by Wiener Staatsoper GmbH/Axel Zeininger

El caso de Arabella, parece tanto más curioso que Strauss, que no tenía nada que ver con la famosa dinastía del mismo apellido, no era un compositor de opereta. Quizá acomodado en su vida burguesa, quiso buscar el éxito fácil de la opereta pero sin recurrir a este género. Esta hipótesis no encuadra en la realidad si se considera que buscaba repetir el éxito de Rosenkavalier. Todo en esta ópera es extraordinariamente vienés, al igual que Arabella, que fue el resultado de un intento consciente para volver a componer un segundo Rosenkavalier (“sin sus errores y sus partes largas”, según el propio Strauss). Pero por lo menos en Rosenkavalier, la acción no era contemporánea y tanto el poeta como el compositor se detuvieron para examinar aspectos de la vida que todos tenemos que enfrentar: el amor que pasa a la par del tiempo.

Wolfgang Banal y Genia Kühmeier
Fotografía © 2006 by Wiener Staatsoper GmbH/Axel Zeininger

En el libreto de Arabella, en cambio, no hay nada realmente rescatable. Parece escrito aplicando recetas de éxitos anteriores. Pero mientras en Rosenkavalier la parte de ‘Octavian’ está escrito para una voz femenina para que cante la parte de un hombre muy joven (véase el ‘Cherubino’ de Las bodas de Fígaro), en Arabella, la pobre ‘Zdenka’ es una joven a la que los padres obligan a pasar por hombre, situación harto ridícula dado que el equívoco es verdadero y real. Mientras en Rosenkavalier el personaje de ‘Ochs’ es rústico y divertido (un aristócrata de provincia pedante, guarango y objeto de la burla de los demás), ‘Mandryka’, en Arabella, es un provinciano con encanto y dinero, que termina conquistando a la joven ‘Arabella’ sin, en el fondo, presentar el menor interés dramático. La historia de un conde que dilapidó su fortuna jugando y se salva gracias al matrimonio de su hija ‘Arabella’, representa, para el espectador de comienzos del siglo XXI, un caso que difícilmente puede interesar a nadie.

Para colmo, Hofmannsthal y Strauss inventan el personaje de la ‘Fiakermilli’ con el único fin aparente de cantar coloraturas de endiablada dificultad que recuerdan las de ‘Zerbinetta’ en Ariadna in Naxos. La ‘Fiakermilli’ se basa en un personaje histórico. Se trata de una tal Emilie Turecek, casada en segundas nupcias con un cochero de Fiaker, la típica carroza abierta que toda persona que conoce Viena habrá visto circular con turistas por el casco viejo de la ciudad. Los tradicionales bailes vieneses, del período de carnaval, incluyen un Fiakerball de los que esta persona, de vida licenciosa, solía ser una figura simbólica.

Adrianne Pieczonka
Fotografía © 2006 by Wiener Staatsoper GmbH/Axel Zeininger

Que Arabella, por su especificidad vienesa, forme parte del repertorio de la Ópera de Viena es comprensible, aún cuando quepa preguntar por qué un nuevo montaje, cuando hay tantas óperas importantes en el repertorio con montajes ya tan vetustos que resultan insoportables. Probablemente, luego de muchísimos años sin representaciones, el último montaje (que data del año 1976) ya no era rescatable. Sea como fuere, hay que reconocer que en esta oportunidad no se escatimaron esfuerzos por lograr una producción excelente de Arabella. El director de escena Sven-Eric Bechtolf y el escenógrafo Rolf Glittenberg tuvieron el excelente tino de ahorrarnos lo que pide el libreto, esto es una habitación de hotel ricamente decorada en el estilo de 1860 para presentarnos una habitación en estilo Jugendstil, el art déco vienés que es mucho más parco, esto es, estilísticamente menos pomposo y pesado que el ambiente previsto por los autores. Bechtolf puso mucho esmero en una buena dirección de actores.

Pero es sobre todo en la interpretación musical que esta nueva producción descolló. Ya las partes comprimarias estuvieron muy bien distribuidas con Wolfgang Banal en la parte del ‘Conde Waldner’ y Daniela Denschlag en la parte de ‘Adelaida’, su mujer. Ambos son cantantes sólidos que maneja con gran soltura el estilo de Strauss y la dicción requerida. Lo mismo puede decirse de los tres condes, ‘Elemer’, ‘Dominik’ y ‘Lamoral’ cantados por John Dickie, Vladimir Moroz y Joyhannes Wiedecke, respectivamente. En la difícil aunque corta parte de la ‘Fiakermilli’ brilló Daniela Fally con impecables coloraturas.

Adrianne Pieczonka y Thomas Hampson
Fotografía © 2006 by Wiener Staatsoper GmbH/Axel Zeininger

Una de las grandes jóvenes sopranos austriacas, Genia Kühmeier, cantó y actuó la parte de la joven ‘Zdenka’, con maravillosa presencia y sentimiento. ‘Arabella’ encontró en manos de Adrianne Pieczonka una muy digna intérprete vocal, aunque esta cantante no logra del todo convencernos de que se trata de una mujer realmente muy joven. Desde ese punto de vista, no fue una ‘Arabella’ ideal. Thomas Hampson, en cambio, sí que fue un ‘Mandryka’ magistral. Es como si esta parte hubiera sido escrita y compuesta para el. Todo, desde su semblante hasta su forma de cantar, se adecuó de maravillas al personaje.

Con Franz Welser-Möst, esta obra encontró un director de altísimo nivel, seguro desde todo punto de vista, esto es, desde el manejo de la orquesta y de los solistas, hasta su conocimiento del estilo necesario para que esta música no termine sofocando al público y tapando a los cantantes en el escenario. Welser-Möst es, sin duda, uno de los más destacados directores de orquesta de la actualidad para el repertorio alemán.

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