España - Aragón

‘Spätwerk’

Pablo-L. Rodríguez
martes, 6 de marzo de 2007
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Zaragoza, viernes, 19 de enero de 2007. Auditorio del Palacio de Congresos. Sala Mozart. Wolfgang Amadé Mozart: Obertura de ‘Die Entführung aus dem Serail’ (versión de concierto con el final de Johann André). Concierto para piano y orquesta nº 12 en La mayor, KV 414. Concierto para piano y orquesta nº 24 en Do menor, KV 491. Propina: Wolfgang Amadé Mozart: Obertura de “Le nozze di Figaro”. Orquesta Sinfónica de Galicia. Maurizio Pollini, piano y director de la orquesta. X Ciclo de Grandes Solistas ‘Pilar Bayona’. Aforo: 1992; ocupación: 90%
0,0001995 En una reciente entrevista a Maurizio Pollini, publicada dentro de la carpetilla de su último disco en Deutsche Grammophon, preguntaba Herbert Glossner al gran pianista italiano si existe en el mundo de la interpretación algo parecido al ‘Spätwerk’, es decir, a las creaciones de madurez. Pollini respondía que, en efecto, hoy ama más ciertas piezas que en el pasado y que tan sólo puede interpretar aquella música de la que no se cansa al tocarla día tras día, pero no tiene muy claro que a eso pueda llamarse ‘Spätwerk’. Sin embargo, la vuelta de Pollini en los últimos años a los conciertos de Mozart en calidad de director y solista no creo que pueda entenderse de otra manera que como un producto de su madurez artística.     

Y es que resulta siempre interesante verificar cómo muchos pianistas vuelven a Bach o Mozart en su madurez, y cómo vuelcan en ellos todo su legado artístico. Estoy pensando, por ejemplo, en el caso de Daniel Barenboim y en los conciertos pianísticos que estos últimos años dio en nuestro país dedicados a Bach, en donde uno podía escuchar también su Beethoven, su Wagner o su Bruckner. Lo mismo puede decirse aquí con Pollini, pues uno puede escuchar a través de estos conciertos de Mozart, su Chopin, su Schubert e incluso su Schuman. Curiosamente, el propio pianista italiano recuerda en su referida entrevista una frase que Pablo Casals dijo en una ocasión a Vladimir Horowitz y que ha hecho propia con el tiempo: “Debes tocar Mozart como Chopin, y Chopin como Mozart”.

No era la primera vez que Pollini colaboraba con la Sinfónica de Galicia, pues ya lo hizo hace casi tres años y también con un programa Mozart como director y solista. En aquella ocasión, y justo al día siguiente del fatídico 11 de marzo de 2004, Pollini tocó y dirigió los Conciertos 17 y 21 de Mozart, que en mayo del año siguiente grabó en vivo como pianista y director con la Filarmónica de Viena. Esta vez el planteamiento parece ser el mismo con los Conciertos 12 y 24, que Pollini grabará en vivo con la Filarmónica de Viena los días 2 y 3 del próximo mes de junio.

Y tampoco era la primera vez que Pollini asumía las funciones de director o de director y solista. Aunque muchos no lo recuerden, durante un periodo a comienzos de los años ochenta Pollini no sólo tocaba y dirigía los conciertos de Mozart desde el teclado, sino que incluso se atrevió con el foso operístico y dirigió una producción de La donna del Lago en 1981 en el Festival rossiniano de Pésaro que luego llevó al disco en 1983 en la que sigue siendo la única grabación en estudio de esa ópera.

Pero aunque el concierto no tuviera nada de novedoso sí que tenía algo de revelador. Era la primera vez que Pollini tocaba en Zaragoza y el público, que llenó con pereza la sala Mozart del Auditorio debido a lo poco ‘polliniano’ del programa, acabó entusiasmado por la grandeza musical del pianista (y director) milanés.

Ya desde los primeros acordes de la 'Obertura' de Die Entfürung aus dem Serail resultó evidente que estábamos antes un Mozart tradicional pero realizado con empuje, ímpetu y brío. La sección de cuerda sonó con una envidiable musculatura y también con un esmerado equilibrio dinámico, donde Pollini contó siempre con el apoyo y la complicidad de Massimo Spadano como concertino. La madera tuvo destellos encantadores en la sección central y la percusión aportó todos los estallidos necesarios, aunque quizá el tintineo del triángulo resultó poco acorde con el resto.

El nivel orquestal no decayó un ápice en el Concierto K. 414, a pesar de que Pollini en el primer movimiento desatendiera en algunos momentos a la orquesta. Su ejecución al piano sobresalió desde el principio por su claridad y por su tono aristocrático siempre dialogante con la orquesta. Pollini dispuso en el primer movimiento del mismo empuje y determinación que había exhibido como director en la obertura, pasando por encima de cualquier imperfección con su forma tan personal de llevar la música hacia adelante a través de su particular canturreo.

El ‘Andante’ central fue con mucho lo mejor de la primera parte. Pollini demostró aquí sus dotes expresivas en el fraseo pero también hizo gala de un sentido muy preciso del ritmo y de las proporciones musicales de la obra. Ello le permitió subrayar todo lo que tiene Mozart de precursor de Chopin, especialmente en el desarrollo que coronó con una breve y magistral cadencia. El movimiento final recuperó el tono dialogante e impetuoso del primero, pero con un ápice de elegancia añadida que emanaba con autoridad desde el teclado.

La segunda parte se centró en una beethoveniana versión del Concierto K. 491. Pollini subrayó la atmósfera desafiante en la introducción orquestal, manteniendo la tensión durante todo el ‘Allegro’ inicial pero sin renunciar en ningún momento a lo camerístico. Pianísticamente el milanés estuvo aquí impecable y dispuso de una orquesta entregada a sus intenciones aunque menos equilibrada que en la primera parte. El segundo movimiento ‘Larghetto’ resultó ideal para reposar de las impresiones del primero, aunque fue a su modo el más impresionante. Este rondó encantador permitió a Pollini mostrar su maestría en el sonido perlado y cantabile que adaptó perfectamente a cada episodio mientras conseguía de la orquesta una respuesta adecuada a sus intenciones. El ‘Allegretto’ fue un digno broche de oro, esta vez en forma de tema con variaciones, de esta suerte de Concierto Emperador en que Pollini convirtió el veinticuatro de Mozart.

Para terminar el concierto, y por respeto a la orquesta, Pollini optó por una propina sinfónica. Y de nuevo fue una obertura operística de Mozart, la de Le nozze di Figaro. El milanés volvió a dar buena cuenta de sus dotes operísticas y su pulso exquisito, tejiendo una esplendorosa versión que le permitió convencer a todo el mundo de que como músico está en el cenit de su madurez.
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