España - Cataluña

Una orquesta del siglo XXI

Alfredo López-Vivié Palencia
martes, 13 de marzo de 2007
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Barcelona, martes, 6 de marzo de 2007. Palau de la Música Catalana. Temporada Palau 100. Nelson Freire, piano. Orquestra Sinfônica do Estado de São Paulo. John Neschling, director. Silvestre Revueltas: Sensemayá; Sergei Rachmaninov: Concierto para piano y orquesta nº 4 en Sol menor, op. 40; Héitor Villa-Lobos: Bachianas brasileiras nº 4; Ottorino Respighi: Pini di Roma. Ocupación: 60%
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Un auditorio nuevo; despedir a la mitad de los músicos para reclutar a otros realmente buenos; y a los que se queden, triplicarles el sueldo. Ésas fueron las tres condiciones que en 1997 puso John Neschling (Rio de Janeiro, 1947) para asumir la dirección de la Orquestra Sinfônica do Estado de São Paulo, anteponiéndola a su carrera internacional. Y las tres fueron satisfechas: hoy la Orquesta de San Pablo reside en una magnífica sala de conciertos, la Sala São Paulo (erigida como restauración de la antigua estación de ferrocarril de Sorocabana a cargo del arquitecto Nelson Dupré, y de cuya acústica responde nada menos que Russell Johnson); los músicos que no tocan en el primer equipo lo hacen en otra orquesta creada ad hoc; y los instrumentistas de primera división lucen un sonido y una profesionalidad que no tiene nada que envidiar a nadie.

La propaganda oficial dice que tanto la sala de conciertos como la orquesta son las más importantes de Latinoamérica. No puedo dar opinión sobre aquélla, pero sí puedo hacerlo -y con enorme sastisfacción- sobre ésta, para decir que, dejando aparte el caso de la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela (porque es un caso aparte), ciertamente la de São Paulo no sólo me parece la mejor orquesta de Latinoamérica, sino que se trata de un conjunto perfectamente presentable en cualquier parte del mundo. A la vista está que la renovación impuesta por Neschling ha sido profunda -la media de edad de sus miembros lo deja en evidencia-, y al oído está que en estos diez años ha conseguido formar una banda muy sólida.

Entre las características intrínsecamente sonoras de su cuerda no puede apreciarse -como, por otra parte, es obvio- la calidez textil de las orquestas europeas: lo que aquí llamamos terciopelo, o lana, o seda (según los casos), en Brasil ha de llamarse algodón; pero con su punto de lino, porque esta gente toca con una agilidad y una frescura que ya quisieran otros; y sí, a veces también dan su toque de nylon, por la sequedad propia de los instrumentos jóvenes, no obstante compensada con un empaste digno de alabanza. En el viento, tanto en la madera como en el metal, resulta evidente que Neschling ha optado -con buen tino- por procurar un sonido que prima la amalgama con el conjunto a fin de evitar cualquier riesgo de que una u otra individualidad pueda sonar chillona. Finalmente, intentar ponerle un pero a la percusión brasileña sería un despropósito rayano en el insulto.

Por su parte, Neschling es un director que domina el oficio y que sabe mandar (cualidades que por obvia cronología no pudo aprender de su tío-abuelo Arthur Bodanzky, aunque vayan ustedes a saber si algún gen sí hizo el recorrido). Su gesto no será el más elegante del mundo, pero proporciona una claridad que sin duda los músicos agradecen; está atento a todo lo que sucede, se muestra insistente donde hay que serlo y relajado cuando la cosa lo permite, no enfatiza más allá de lo necesario, y transmite autoridad y confianza; del mismo modo que su actitud revela esa misma confianza respecto de sus instrumentistas. Es decir, batuta y orquesta se comunican. Y lo mejor de todo, el resultado sonoro pone de manifiesto casi siempre una comprensión profunda de lo que Neschling tiene encima del atril.

El de esta noche fue el primer concierto de la gira europea que ha de llevar a la orquesta por España, Portugal, Alemania, Suiza, Austria, Francia, Hungría y Polonia (16 conciertos en tres semanas), y se notaba en el ambiente ese ‘plus’ de ganas de gustar, propio de quien torea por primera vez en una plaza (si la plaza estaba medio vacía porque los parroquianos optaron por quedarse delante del televisor para quejarse del pobre espectáculo que dieron ciertos compatriotas de estos músicos formidables, pues allá cada cual con sus preferencias). Y con esa finalidad presentaron un programa tan atractivo como variado; por cierto, no estará de más recordar que se trataba de un programa íntegramente conformado por obras del siglo XX.

El concierto, sin embargo, no empezó del todo bien. Neschling pareció estar más preocupado por asegurar las irregularidades rítmicas de Sensemayá (por supuesto, la versión para orquesta de 1938) que de darle misterio a la cosa, y lo consiguió desde luego -excelente el trabajo de la percusión-, pero de ese modo privó a esta obra brillantísima de la parte de su encanto que reside en el atavismo. De todos modos, su escucha sirvió para comprobar el enorme sentido de conjunto con que tocan los instrumentistas de esta orquesta.

Si el Cuarto Concierto (1941) de Rachmaninov no es tan popular como los dos precedentes, se debe sólo al hecho de que nadie lo ha utilizado para seducir a Marilyn Monroe ni para narrar las desventuras de David Helfgott; porque serviría perfectamente a ambos efectos. El caso es que tampoco Neschling ni Nelson Freire se lo acaban de creer (aunque hay que agradecerles la programación de esta pieza inusual): dio la impresión de que uno y otro no supieron hilar lo que aparentemente son retales inconexos, y tanto el solista como el director dedicaron sus mejores esmeros a sus respectivas partes en solitario, irreprochables, si bien ambos coincidieron en el buen impulso general. Delicada -y muy difícil- la propina de Freire, una transcripción de la ‘Danza de los espíritus bienaventurados’ del Orfeo gluckiano.

Muchísimo mejor salieron las cosas con Villa-Lobos: Neschling acertó con un fraseo a la vez ágil y lírico en la inefable ‘Introducción’ de esta cuarta entrega de las Bachianas brasileiras (1941), y la cuerda de la orquesta sonó empastada y transparente a placer -por cierto, qué bien, pero qué bien tira de ella el triestino Emmanuele Baldini. Neschling sabe que la languidez debe reservarse al segundo número, a pesar de sus tremendos golpes de gong, y la orquesta correspondió con arrumacos sonoros entre sus familias; y obviamente sabe también que en esta pieza (y en toda la colección, bendito sea don Héitor) los juegos rítmicos y los perfumes folclóricos están al servicio del contrapunto y la polifonía, y así se dieron el ‘Aria’ y la ‘Danza’, en irresistible equilibrio entre unos y otros.

Neschling no cayó en la trampa de hacer de los Pinos de Roma (1923) sólo un festival de decibelios, sino que cuidó con mimo los muchísimos detalles de orquestación y de carácter que hay a lo largo de la obra: el color cegador de Villa Borghese; el frío de las catacumbas (olé esas cuatro trompas en pianissimo), y su célebre ‘tema apache’ (con perdón); la contemplación del Gianicolo (y tres hurras por el clarinetista pablense Ovanir Buosi); y sí, la famosa marcha triunfal sobre la Via Appia, sabia y milimétricamente graduada en las dinámicas sobre un paso más bien ligero (sin olvidar las preceptivas ‘bocinas’, en forma de dos parejas de trombones y trompetas), que provocó el delirio del público. Y a mucha honra.

Lamento no poder identificar la primera de las propinas, aunque intentaré compensarlo refiriendo que se trató de una latinoamericanísima danza rápida para cuerda -salpimentada con percusión en sus últimos compases-; tras ella, el vertiginoso ‘Malambo’ del ballet Estancia de Alberto Ginastera. En cualquier caso, dos nuevas demostraciones del altísimo nivel de ejecución y de cohesión sonora que ha alcanzado esta orquesta, a quien ya conocía por sus discos y cuyo descubrimiento en concierto me ha sentado, por su juventud y por su origen, como una bocanada de aire fresco en el inestable panorama de las orquestas sinfónicas.

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