España - Galicia

Tiempos de decadencia

Paco Yáñez
lunes, 20 de diciembre de 2010
Santiago de Compostela, jueves, 2 de diciembre de 2010. Santiago de Compostela, 2.12.2010. Auditorio de Galicia. Marisol Montalvo, soprano. Amaury Coeytaux, violín. Real Filharmonía de Galicia. Santiago Serrate, dirección musical. Ana Vallés, dirección de escena. Octavio Vázquez: Tropos. Concierto para violín y orquesta; Francis Poulenc: La Voix Humaine. Ocupación: 75%.
0,0003319 No es fácil para un crítico escribir una reseña sobre el estreno de un compositor con el cual hay cierto trato personal, confianza o amistad... Éste es mi caso ahora, cuando me siento delante del teclado para ordenar y plasmar por escrito algunas de las ideas que fueron surgiendo mientras escuchaba la primera audición mundial del Concierto para violín y orquesta (2010) del gallego Octavio Vázquez (Santiago de Compostela, 1972).

En noviembre de 2007, con motivo del estreno absoluto de la pieza orquestal Lethe (1999), escribí una reseña cuyo título no dejaba lugar a dudas: Renovarse o (ser olvidado) morir, en la que básicamente reflexionaba sobre la encarceladora influencia que determinada tradición operaba sobre el aparato estético de Vázquez, fundamentalmente proveniente de la música rusa, y que parecía, en términos haroldbloomianos, no generar una mayor 'angustia' en el compositor gallego. En aquellas páginas sugería que si Octavio Vázquez no era quien de ir encontrando una voz y un estilo más personales, su música se sumergiría precisamente en ese Leteo al que se refería su obra, en un río del olvido que no es sino la muerte artística para un creador con vocación de trascendencia.

Pues bien, he de reconocer que acudía al estreno de este nuevo concierto con ciertas expectativas con respecto a la maduración del lenguaje de Vázquez, que por 'evolución natural' pensaba se situaría en unas coordenadas próximas a las de una Gubaidulina o un Schnittke. Nada de ello en la pieza esta noche escuchada, y sí una terrible decepción, al comprobar no sólo la falta de trascendencia artística de la obra, sino la triste involución que ésta supone con respecto a composiciones previas del gallego, aquí escorado hacia lo más fácil, simplón y efectista de la composición en nuestros días.

Afincado en Nueva York desde hace años, Vázquez vive el melting pot neoyorquino, y así nos lo reconocía en la amplia entrevista que con él y Cristina Pato mantuvimos para Mundoclasico.com en 2007, como un caldo de cultivo de estímulos heterogéneos y superpuestos, en el cual buena parte de las culturas del mundo se entrecruzan. Conocidas son también las alabanzas del actual conselleiro de cultura, Roberto Varela -presente en el estreno-, al respecto de lo positivo de estas migraciones culturales (ojalá muchos jóvenes gallegos emigraran con tan poéticos objetivos y no por la situación de crisis generalizada de nuestra comunidad) a la abigarrada metrópolis yanqui. Ahora bien, ¿es necesario vivir en una urbe tan estimulante como Nueva York para componer esto?... Mucho me temo que no, y que Vázquez no se ha empapado ni de la sólida tradición musical que late en la Manhattan de los Ives, Ruggles, Copland, Cage o Feldman, ni de los compositores que en estos últimos años han desarrollado allí parte de su obra, como los Carter, Glass, Murail o Pintscher. Todos ellos, de un modo u otro, y desde diversos ángulos del mapa musical, edifican lenguajes de nuestro tiempo, obras que hacen justicia a la historia y ensanchan sus límites desde un compromiso artístico de búsqueda. Nada de ello hay en este Concierto para violín, una pieza a caballo entre una banda sonora anquilosadamente convencional, un romanticismo canónico trasnochado y un compendio de melodías populares de liviana inspiración folclórica.

Tropos , que así denomina Vázquez a su concierto -en curiosa coincidencia con la pieza orquestal homónima del año 2007 del también compostelano Fernando Buide, ésta de una estética decididamente más actual-, está supuestamente inspirada en el Camino de Santiago, aunque de éste apenas se percibe eco alguno, más allá, según Javier Jurado, de fragmentos del Codex Calixtinus presentes en los dos primeros movimientos del concierto. Vázquez, también según las notas al programa de Jurado, ha insertado una serie de citas en su partitura, supuestamente como epigramas, entre las que nos encontramos a Antonio Machado, presencia que a cualquier amante de la música actual lo remitirá a Luigi Nono, ese caminante ejemplar cuyas propuestas tan en los antípodas se encuentran con respecto a lo hoy estrenado. Aun viviendo en Galicia desde hace décadas, y habiendo recorrido el Camino de Santiago en varias ocasiones, me cuesta encontrar una relación entre lo escuchado en Tropos y la ruta jacobea; y si me apuran, los únicos ecos que percibo son los de un pueblo históricamente nómada y caminante como el gitano, debido a los temas, sobre todo de violín, de carácter cíngaro que Vázquez disemina continuamente por su partitura. De este modo, es difícil no pensar en la música de Georges Enesco, o, de un modo más específico, en el Concert Românesc (1951) de György Ligeti, que parece inspirar el tercer movimiento, 'Scherzo. Allegro', de Tropos.

Ahora bien, Octavio Vázquez, aunque compositor con oficio artesanal para este tipo de estéticas, que suele resolver con solvencia, técnica y equilibrio, se encuentra muy lejos de las excelencias de un Ligeti, de ese Ligeti postbartokiano que el húngaro tendría que dejar atrás para llegar a sus etapas micropolifónica y microtonal, en las que deslumbraría al mundo de la música reinventando la historia. Tropos apenas ha mantenido mis expectativas en sus primeros compases, que parecían revelar nuevos timbres y estructuras en la estética del compostelano, unos augurios enseguida echados por tierra, especialmente en las partes para violín, tan efectistas como musicalmente tautológicas y blandas. Lo mismo se podría decir del primer efecto sonoro del segundo movimiento, que da lugar a una 'Serenade' tan acaramelada y sentimentaloide que asusta, tanto por su falta de inventiva, como por lo re-escuchado de sus planteamientos armónicos, de sus cadencias, de su desarrollo. El tercer movimiento hace más explícito que ninguno esa impronta del este europeo, esos ecos cíngaros y rumanos, el Ligeti que quizás nunca hubiésemos conocido de no haberse reinventado a sí mismo en un creador genial... Una enorme decepción, así pues, que espero responda a una falta transitoria de inspiración, algo que en ocasiones ataca a los compositores cuando de encargos se trata. En este caso, un encargo del Xacobeo Classics, que suma otro batacazo a una programación que en relación a la música actual ha resultado errática y carente de cualquier criterio de excelencia en su dirección artística.

Eso sí, siempre habrá una parte de la crítica a la que este tipo de propuestas le parezcan 'ejemplares', sin mayores argumentos musicales ni comparación alguna con el tejido musical más relevante de nuestro tiempo; numerosos programadores que deseen 'éxitos' de sencilla digestión para su público por la vía fácil; e incluso críticos-programadores (códigos éticos y deontológicos al margen, claro está) que alientan desde sus medios las estéticas que ellos mismos programan desde un populismo de jugosos réditos económicos que disfrazan bajo el discurso de la posmodernidad. Como indicaba al comienzo de esta reseña, el trato y el respeto que me unen con Octavio Vázquez me impiden aquí congratular aquello que sinceramente no comparto. Sería mucho más sencillo 'hacer amigos' con alabanzas huecas, pero uno prefiere con mucho la sinceridad de quien, desde el total desinterés personal y pecuniario al respecto, sólo tiene como criterio aquello que concibe como arte en la línea de los grandes maestros que nos precedieron y cuyos imperativos morales de progreso -que diría el recientemente desaparecido Heinz-Klaus Metzger- queremos mantener: el de los Nono, Valente, Tarkovski, Chillida, Millares, etc.; el del arte como forma de conocimiento, trascendencia, búsqueda y compromiso con el tiempo que a uno le ha tocado vivir. Hagámoslo, como decía Beckett, pues quizás después sea demasiado tarde. Nosotros somos ahora la humanidad, nos guste o no.

Aun con la dificultad de valorar la ejecución instrumental de un estreno, la interpretación de la Real Filharmonía de Galicia me ha parecido bastante solvente, compacta y afín al lenguaje de Vázquez, con un equilibrio general muy notable y una cuerda grave especialmente destacable en sus intervenciones. Sobresaliente, sin paliativos, Amaury Coeytaux al violín, en todos sus entramados, desde los más líricos hasta los asomos virtuosísticos. Una magnífica lectura la suya, la de un violinista de gran sensibilidad y refinamiento. Todo ello conducido por un sorprendente Santiago Serrate, que ha aunado transparencia, claridad en los planos, relieves orquestales y una expresividad emotiva que sin duda Octavio Vázquez perseguía y que Serrate ha alcanzado sin por ello sacrificar los elementos más estructurales de Tropos.

La segunda parte del concierto estuvo íntegramente dedicada a la 'tragedia lírica' La Voix Humaine (1958), pieza de Francis Poulenc (París, 1899-1963) compuesta a partir de la obra teatral homónima escrita en 1930 por Jean Cocteau. En el caso de Poulenc, es obvio que sus obras tienen la pátina y el carácter de su tiempo, y su audición nos remite a una Francia concreta, a un aroma inconfundible; algo de lo que distaba mucho Tropos.

La interpretación de la soprano americana Marisol Montalvo incidió en la ingenuidad que se desprende de una lectura superficial del texto, más que en sus dobles sentidos y vacíos angustiosos en la (in)comunicación. Con un carácter un tanto naíf, algo que afecta con consecuencias desastrosas a un repertorio francés de la época que de por sí en sus límites juega, Montalvo solventa el equilibrio entre canto y recitado, el delicado manejo del tempo, el balance entre lo teatral y lo 'operístico', con musicalidad y una dicción correcta. En general, considero notable su propuesta, amablemente acompañada por una RFG que se inscribe en la misma línea, aunque un tanto plana. A pesar del cierto distanciamiento de esta música, de su relativa frialdad, no hubiese estado de más agudizar los contrastes y buscar más matices en los ambientes psicológicos con los que describe esta 'conversación a una voz', que de este modo huelga la trama de sugerencias e implícitos que se suponen al otro lado del teléfono. No quiere ello decir que la lectura de Santiago Serrate me haya disgustado en líneas generales, pero algunos matices de profundización no le hubiesen venido mal. La orquesta responde con corrección a sus requerimientos, y como en anteriores conciertos de abono, parece funcionar mejor y con mayor implicación en manos de los directores invitados, sean estos Paul Daniel, Christoph König o el propio Serrate -por citar sólo a los últimos que he escuchado en esta sala-, que a las órdenes de su actual titular, un Antoni Ros Marbà hace mucho tiempo desaparecido de los conciertos más estimulantes de su orquesta, retirado como lo está a un repertorio cansino e hiperexplotado que al límite está llegando de nuestra paciencia.

Por lo que a la puesta en escena de La Voix Humaine se refiere, a cargo de Ana Vallés -directora de Matarile Teatro-, los resultados no han sido ni mucho menos halagüeños. Si el texto de Cocteau incide en la ausencia, en ese amante que se ubica al otro lado del teléfono, de la esperanza, de lo posible; la propuesta de Vallés nos sorprende negativamente con una presencia constante de esa figura, de un galán que si bien podemos comprender pueble no tanto la realidad física de la mujer sino su imaginario mental, en este caso se convierte en un acompañamiento obsesivo y esperpéntico en sus numeritos escénicos, rozando lo ridículo. Ello no hace sino distanciarnos de la versión hoy planteada como conjunto, al tiempo que dudo le hagan un favor tanto a Marisol Montalvo como a la orquesta. Su tratamiento del erotismo ha incidido en esa línea ingenua de lo vocal, y es que por más que se muestren turgentes centímetros de piel, la sensualidad en este caso, en el asilamiento de una habitación repleta de ecos, recuerdos y deseos frustrados, quizás se mida más por una cuestión de actitud que de exhibicionismo...

A pesar de todos estos pesares, se agradecen, y mucho, este tipo de iniciativas en la rutinaria y poco imaginativa temporada de abono de la RFG. En nuestra memoria aún resuenan conciertos como el de acompañamiento al filme La nueva Babilonia, con música de Dmitri Shostakovich, en el marco de Cineuropa. Es ésta, la de la fusión escénico-musical, otra de las vías que la Real Filharmonía tiene gravemente olvidadas... Imaginación hará falta en un futuro muy cercano, así como refrescar las propuestas artísticas de nuestros auditorios, pues se anuncian tiempos de gravísimos recortes en el presupuesto cultural... Recientemente, leía las declaraciones de un cargo regional de cultura en las que decía que en tiempos de estrecheces se agudiza el ingenio, y que el 2011 sería, así pues, un año fructífero para el arte gallego... En fin; hoy en día, con ciertos sectores retrógrados de nuestra sociedad totalmente desaforados en esta generalizada decadencia, más moral y política que incluso económica, se escuchan ya todo tipo de desvaríos...

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