España - Galicia

Decíamos ayer

Alfredo López-Vivié Palencia

jueves, 8 de octubre de 2020
A Coruña, sábado, 3 de octubre de 2020. Coliseum. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dima Slobodeniouk, director. Gustav Mahler: Sinfonía nº 9 en Re mayor

Tenía mono después de siete meses sin conciertos de mis dos orquestas de cabecera, sin verano lucerniense, y encima sin poder celebrar todavía mi sexagésimo cumpleaños (que cayó aquel fatídico 14 de marzo). El regreso no ha sido fácil, porque la Orquesta Sinfónica de Galicia no sólo se ha mudado de casa física, sino también cibernética: una cosa es que servidor sea un troglodita informático, y otra que le tele-mareen a uno de web en web durante una semana hasta dar con la página donde se vendían las entradas para esta función. Pero lo conseguí, así que heme aquí -mascarilla en boca y rociado de desinfectacte-, con la mejor de las disposiciones para escuchar a Mahler en el inicio del curso tras haber pasado un año entero sin escuchar a mi querido Bruckner.

El Coliseum de Coruña es un establecimiento inmenso (que ha envejecido mal, igual que el Palacio de la Ópera) con capacidad para más de diez mil espectadores, pensado para cualquier cosa menos para convertirse en sede –siquiera temporal- de una orquesta sinfónica. Como ahorcan a la fuerza, los responsables de la OSG han dispuesto una caja acústica, han reducido el aforo a base de espesos telones hasta más o menos un tercio de los tendidos, y han transformado el espacio central en pista de sillas (lo que viene siendo un patio de butacas en versión coronavirus). No todo son inconvenientes: el concierto comenzó a la muy civilizada hora de las seis de la tarde, y además yo nací con la distancia social instalada de fábrica, de manera que estoy encantado de tener lejos a los vecinos de asiento, aunque sea cambiando una cómoda butaca por una triste silla. El caso es que allí nos reunimos –a ojo de buen cubero- unos trescientos o cuatrocientos peregrinos dispuestos a recibir la bendición del mejor espectáculo del mundo. Y allí estaba la Sinfónica de Galicia con su maestro titular dispuestos a impartirla.

La lucha contra los elementos fue desigual. Una de las grandezas de lo que entendemos por “música clásica” reside en que el sonido se produce únicamente a través del esfuerzo humano, lo que conlleva unas evidentes limitaciones físicas en su transmisión y la consiguiente necesidad de hacerlo en un espacio cerrado con acústica adecuada. Uno de los elementos clave de esa adecuación es el volumen del espacio, y en el Coliseum hay demasiados metros cúbicos de aire como para que se puedan llenar de un sonido proporcionado al esfuerzo que proviene del escenario. No está mal el resultado de la caja acústica en sí misma, porque el sonido se proyecta bien hacia el exterior, pero ese exterior es gigantesco: con la orquesta dispuesta íntegramente a ras de suelo –y con atriles individuales en la cuerda, que también ellos deben guardar las distancias- se escucha todo, si bien descompensado (por ejemplo, se oyen estupendamente las trompas colocadas al fondo en una esquina y los contrabajos en su lugar habitual, pero la primera línea de cuerdas a ambos lados apenas se percibe –los solos de Massimo Spadano se quedaron en eso, solos para él-); y sobre todo se escucha difuminado, sin fuerza, sabiendo que el sonido está ahí pero sin poder hacerlo tuyo: como si los músicos llevasen dos mascarillas, una para el rostro y otra para el instrumento.

Dima Slobodeniouk también salió con mascarilla a darse un codazo con orquesta y público. Como es lógico, se la quitó para dirigir, porque de otro modo privaría a los músicos de la mitad de sus instrucciones. Y sus instrucciones me gustaron mucho: tiempos ligeros y observando la distancia de seguridad respecto del psicoanálisis. Que despachase la cosa en ochenta minutos en absoluto significa que no se metiese a fondo en la obra; al contrario, con un pulso milagroso –algo que falló en la Tercera Sinfonía con la que inauguró la temporada hace un par de años- supo sumergirse en los complicadísimos entresijos de los dos movimientos lentos de esta Novena sin que se le cayera la partitura encima; claridad y transparencia sobre todo, extremo cuidado de los planos sonoros, atención al detalle sin descuidar el empaste, y –lo más importante- una idea de la despedida que nada tuvo que ver con la desesperación, sino más bien con la serenidad. Para empezar, maravillosas las trompas manteniendo un sonido redondo tocando en pianísimo, y disonancias controladas en los clímax; para terminar, fraseo elegante de la cuerda en el adagio, y suaves las violas en las cuatro notas del adiós. En medio, socarronería shostakovichiana para las maderas del segundo tiempo, y exhibición de poderío sonoro y virtuosismo instrumental en el scherzo. Y siempre, de principio a fin, una Sinfónica de Galicia entregada a ellos mismos, a su director y a su público.    

Otra de las ventajas del “Protocolo Covid” es que a nadie se le ocurre toser en las pausas entre movimientos (sí hubo una llamada de telefonillo en mitad del adagio, pero es que a la organización –ocupada en recordar las normas sanitarias por megafonía- se le olvidó añadir la tradicional advertencia a este respecto). En consecuencia, resulta natural mantener el silencio absoluto que Slobodeniouk impuso durante medio minuto largo al acabar la sinfonía. Lo que no ha cambiado es el entusiasmo de la parroquia filarmónica coruñesa por su orquesta, traducido en ovaciones y pataleos de agradecimiento. Éramos pocos, pero también nos hicimos oír.

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