Entre meros conceptos

La misión

Javier Moreno
lunes, 4 de enero de 2021
Riccardo Muti en 2013 © Universidad de Deusto / CC Riccardo Muti en 2013 © Universidad de Deusto / CC
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Que a Riccardo Muti le gusta la música es una obviedad: el director italiano ha dedicado casi toda su vida a esa actividad, alcanzando los máximos niveles de excelencia de su profesión. Lo que ya no es obvio es la forma en que se pueda convertir ese gusto en un imperativo universal que vincule a todas las personas, que es lo que parece deducirse de su exhortación a los dirigentes de cada país: “Recuerden que la cultura es uno de los elementos primordiales para mejorar la sociedad”. ¿Eso en qué se traduce?

La expresión es demasiado oscura para que de ella se deduzca, así sin más, un plan de acción. Por una parte, está la recurrente cuestión de la polisemia de la palabra “cultura”, un término que, en Antropología significa cualquier cosa hecha por un ser humano en el seno de una sociedad determinada. En este ámbito, es cultura la novena sinfonía de Beethoven como lo es un palillo de dientes. En el área artística, que es, al fin y al cabo, en la que estamos, la palabra “cultura” se restringe al de “las artes”, entendiendo por tal el subconjunto de artefactos al que las personas entendidas en la materia llaman “artes”. La definición es inevitablemente circular, pues formula que una obra de arte es aquello que califican como arte quienes entienden de arte. Y quienes entienden de arte se define como los que capaces de detectar las obras de arte, es decir, lo que esas mismas personas han definido previamente. Esto, como ya se percató David Hume, es una catástrofe conceptual, pero no hay nada mejor a nuestra disposición. La alternativa, demasiado recurrida en el mundillo artístico, consiste en tomar prestado el discurso religioso y definir el arte en unos términos tan cursis que hace que cualquier observador agnóstico se reconcilie, de golpe, con el razonamiento circular.

"Yo no soy un entendido en arte, y tampoco sé por qué tengo que hacer caso a los entendidos en arte"

El problema no es meramente conceptual. Si aceptamos que lo único que tenemos a nuestra disposición es el dichoso razonamiento circular, la frase de Muti es equivalente a decir “Recuerden que aquello que nosotros, los entendidos en arte, calificamos como arte es uno de los elementos primordiales para mejorar la sociedad”. La expresión se ha desinflado bastante, pues lo que parecía una verdad autoevidente se ha convertido en el punto de vista de personas particulares: “Quienes entienden de  arte piensan eso, pero yo no soy un entendido en arte, y tampoco sé por qué tengo que hacer caso a los entendidos en arte”, podrían pensar muchos dirigentes que, por añadidura, tampoco hacen demasiado caso a los entendidos y expertas en otras áreas del conocimiento, como la epidemiología. Por otra parte, nada nos impide pensar que quienes entienden de arte puedan tener sus propios intereses. Tal vez Riccardo Muti podría beneficiarse a título particular de que los dirigentes apoyaran las artes. Al fin y al cabo, las artes suelen ser muy rentables para algunos directores de orquesta, que encuentran en el business un estímulo considerable para defender la bondad “primordial” de las artes. Es un lugar común afirmar que si los caballos tuvieran dioses, estos tendrían forma de caballo.

Siempre se podrá argumentar que el interés para los dirigentes, y para los legos en el mundo de las artes, tiene lugar en la segunda parte de la frase y no en la primera. Es decir, olvidémonos de la cuestión de por qué nos tiene que importar un pimiento lo que piensen los directores de orquesta italianos y de los intereses económicos que estos puedan tener. Centrémonos en la afirmación de que lo que los directores de orquesta italianos califican como “cultura” resulta ser primordial “para mejorar la sociedad”. Concedamos, aunque no sea fácil de probar, que los dirigentes están interesados en que las sociedades mejoren.

Sin embargo, hasta los dirigentes mejor intencionados, aunque escépticos, que alguno habrá, pueden contraargumentar exigiendo alguna prueba de cómo las artes mejoran la sociedad, pues no les resulta evidente que la música de Johann Strauss sirva para mucho más que sobrellevar la resaca de fin de año y engrosar con cifras de varios dígitos la cuenta corriente de los directores italianos. Los escépticos saben por experiencia que una sociedad democrática, que según los entendidos en política es el non plus ultra, no es mucho mejor, desde el punto de vista de la producción artística, que una dictadura. La URSS y la Alemania nazi fueron dos potencias artísticas y, sin embargo, no a todo el mundo le gustaría vivir en una sociedad de esas características. ¿Cómo mejora el arte la sociedad? ¿Cómo mejora la sociedad una orquesta tan alérgica a las mujeres como la Filarmónica de Viena? Nadie lo sabe. Y nadie lo puede saber porque la expresión “mejorar la sociedad” es aún más ambigua que la palabra “cultura”.

A este respecto, Muti hubiese hecho un enorme favor a los legos si en vez de apelar al esotérico concepto de "misión", hubiese hecho un pequeño esfuerzo de traducción del tipo “La música de Johann Strauss, concretamente la Tritsch-Tratsch polka opus 214, contribuye primordialmente a mejorar la sociedad reduciendo los niveles de CO2 en la atmósfera” o cualquier otra expresión que fuera significativa hasta para los que no sepan quién fue el tal Strauss.

Sin embargo, el mundo del arte no funciona así, porque el “mundo del arte” es exactamente eso: un mundo fuera del mundo, un espacio-tiempo en el que no rigen las mismas reglas de verificación que en este nuestro valle de lágrimas terrenal de andar por casa. Lo que rige en la misión no sirve de nada fuera de la misión. Y a la inversa. Por eso, los que pertenecen al “mundo del arte”, los misioneros, saben por revelación que lo que dijo Riccardo Muti es la verdad eterna y lo celebran con gran entusiasmo tuitero. Los que no pertenecen a él, o bien se encojen de hombros o bien piensan que ha dicho que dios es trino y uno. Es decir, le harán caso diez minutos y lo olvidarán a los diez siguientes. Ese es el modesto porvenir de todo sacerdocio. Aunque, al menos en el caso que nos ocupa, nos quede el consuelo de saber que es un sacerdocio bastante bien remunerado.

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