Alemania

Un Cascanueces fresco y moderno

Juan Carlos Tellechea
lunes, 13 de enero de 2020
Breno Bittencourt © 2019 by Bettina Stöß Breno Bittencourt © 2019 by Bettina Stöß
Essen, sábado, 21 de diciembre de 2019. Aalto Theater Essen. Aalto Ballett Essen, dirigido por Ben van Cauwenbergh. El cascanueces, ballet en dos actos de Ben van Cauwenbergh, con música de Piotr Chaicovski, basado en El cascanueces y el rey de los ratones de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (E.T.A. Hoffmann). Coreografía Ben van Cauwenbergh. Dirección musical Johannes Witt. Escenografía y proyecciones Bill Krog. Vestuario Dorin Gal. Proyecciones fílmicas Aldo Gugolz. Maestros de ballet Alicia Olleta y Patrick Hinson. Dramaturgia Markus Tatzig. Intérpretes: Yanelis Rodríguez (Louise), Aidos Zakan (Karl), Moisés León Noriega (Drosselmeier), Wataru Shimizu (Fritz), Laura Kubicko (Clara), Maria Lucia Segalin y Artem Sorochan (la señora y el señor Rattenstein), Davit Jeyranyan (Hermann), Yulia Tsoi y Denis Untila (la señora y el señor Stahlbaum), Marek Tuma (el mayordomo), Adeline Pastor (la reina de la nieve). Danza española: Yusleimy Herrera León. Danza árabe: Mika Yoneyama – Liam Blair. Danza china: niños del Ballett-Studio Roehm. Danza de los mirlitones (flautas de caña hueca) Yuki Kishimoto, Yurie Matsuura, Mariya Tyurina. Danza rusa: Wataru Shimizu. Tres caballeros Nwarin Gad, Davit Jeyranyan, Artem Sorochan. Ensemble: Carla Colonna, Vivian de Britto Schiller, Larissa Machado, Ekaterina Mamrenko, Anna Maria Papaicovou, Ana Carolina Reis, Amari Saotome, Julia Schalitz, Sena Shirae, Yulia Tikka, Marie van Cauwenbergh, Arina Varentseva. Ige Cornelis, Yehor Hordiyenko, Qingbin Meng, Take Okuda, Alexander Savaliev, Harry Simmons, Igor Volkovskyy. Niños del Ballett-Studio Roehm; dirección Cheryl y Jeremy Leslie-Spinks. Niños del Aalto Kinderchor. Damas del Aalto-Jugendchor y del Aalto-Extrachor. Orquesta Essener Philharmoniker. Director Johannes Witt. 100% del aforo.
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¡Fuera con las representaciones mohosas y empolvadas de antaño! Este Cascanueces es vital, moderno, entretenido (para chicos y grandes) y está muy bien coreografiado por el belga Ben van Cauwenbergh (Amberes, 1958), director del Aalto Ballett Essen. El público disfruta casi hasta el paroxismo con este relato tan perfectamente montado.

Desde hace más de un siglo El cascanueces integra el repertorio del ballet clásico. Marius Petipa, creó la primera versión, inspirándose en la adaptación de Alejandro Dumas (padre) del cuento de hadas El cascanueces y el rey de los ratones (1816), del escritor y compositor alemán Ernst Theodor Amadeus Hoffman. De aquella producción estrenada en 1892 en el Teatro Mariinski, de San Petersburgo apenas quedan algunos fragmentos dispersos; el original se ha perdido casi por completo. Sin embargo, ninguna otra pieza de ballet del siglo XIX ha sido tan reelaborada y readaptada como esta. En la presente interpretación, más apegada al esquema básico del cuento de E.T.A. Hoffmann, el coreógrafo van Cauwenbergh nos trae un relato muy fresco con multitud de colores y facetas que realmente dejan fascinado al público.

La historia es casi la misma, una niñita muy monina (Clara, muy bien encarnada por Laura Kubicko) recibe de regalo un cascanueces en la Nochebuena y se sumerge en sueños en un mundo fantástico. Pero esta versión, a diferencia de las más tradicionales, es liberada de las ataduras del bello cuento de Navidad para ganar decididamente en fuerza y lozanía. Es sumamente importante que una compañía de ballet como esta retorne de vez en cuando a los clásicos; es una forma de compensar la modernidad de las obras que habitualmente presenta, verbigracia Archipel, el homenaje tributado a Jiří Kylián en marzo pasado.

Si bien su título es El cascanueces, y este instrumento (a modo de tenaza con una figura de soldado) para partir nueces es el fundamento dramatúrgico sobre el que gira toda la historia, el enfoque central está puesto en Clara y en su hermana Louise (exquisita, la cubana Yanelis Rodríguez). Ambas comparten ese sueño y el príncipe en el que se transforma el cascanueces, no es el heredero de ningún reino, sino Karl (Aidos Zakan, muy ágil), el sobrino del mago Drosselmaier (genial el cubano Moisés León Noriega), al que éste lleva a la fiesta navideña. El precioso vestuario es del rumano Dorin Gal, con larga experiencia en las óperas de Baviera, Viena, Budapest, Berlín, Düsseldorf, Florencia, Estrasburgo, Toulouse, Wiesbaden, Ginebra, Zaragoza y Toronto, entre otras estaciones.

La señora Stahlbaum (impecable Yulia Tsoi) madre de Louise, hubiera querido otro pretendiente para su hija; pero ésta ya le ha echado el ojo a Karl, quien desde un comienzo forma parte del relato. El mago Drosselmaier, quien es además el padrino de Clara, encarna un papel central, con gran virtuosismo, tanto en la danza como desde el punto de vista dramático; parece un ser llegado de otro planeta, con una personalidad muy abstracta y mágica a la vez.

Además de todos estos personajes, van Cauwenbergh presenta a los Rattenstein (muy convincentes Maria Lucia Segalin y Artem Sorochan), los ratones huéspedes que abandonan furiosos la fiesta de Navidad, pero regresan al escenario transformados en ratas. Es decir, hay muchos aspectos que hacen de la pieza un grato entretenimiento, a diferencia de otras producciones que hemos visto anteriormente, más apegadas a Petipa.

En el cuento de E.T.A. Hoffmann se estrellan dos mundos entre si; el infantil, con mucha fantasía, magia, imaginación, una visión más rozagante y abigarrada, y el de los adultos, marcado por el comercio, el consumo, el pragmatismo y la utilidad. Esta dicotomía es excelentemente capturada por van Cauwenbergh en su coreografía, pero lo hace más para contemplar el universo de los niños desde diferentes ángulos; no parece interesarle formular una crítica contra el mundo de los mayores. Así es como mantiene la tensión durante todo el espectáculo de más de dos hora sin extenuar a la platea. La fascinación alcanza a todas las familias que colman el teatro; vemos a varias generaciones: bisabuelos, abuelos, padres y nietos.

También los niños son protagonistas en este cuento coreografiado (los chicos del coro del Aalto Kinderchor, al final del primer acto, y los del Ballett-Studio Roehm, de Essen, en la danza china del segundo, dirigidos por Cheryl y Jeremy Leslie-Spinks). En este mundo de deliciosas golosinas Clara, Louise y Karl se topan con las figuras exóticas que Piotr Chaicovski contempla en su partitura a través de los divertissements de bailes españoles, árabes, rusos, chinos (con interpretaciones sobresalientes de Yusleimy Herrera León; Mika Yoneyama y Liam Blair; Wataru Shimizu; y los niños del Ballett-Studio Roehm), así como el pas de trois de la danza de los mirlitones (extraordinarios también Yuki Kishimoto, Yurie Matsuura y Mariya Tyurina).

El mayordomo (muy bien interpretado por Marek Tuma, subdirector y gerente del Aalto Ballet Essen) es realmente un personaje muy divertido que encaja excelentemente con sus pasajes cómicos y grotescos de patinador y fallido butler en la idea del coreógrafo belga. No se trata solo de danzar, sino de poseer un gran talento histriónico para enfrentar el gran desafío de esta pieza con todas sus dificultades, desde el prólogo en adelante. Todos y cada uno de los integrantes del elenco se concentran en su papel, como si fueran actores teatrales; algo similar a lo que ocurre con Romeo y Julieta, donde también el lenguaje corporal va de la mano del dramático.

Todo es onírico aquí. Tras la boda de Louise y Karl, organizada por el mago Drosselmeier, comienza un crucero de ensueño en un velero de fantasía. La diferentes figuras que cobran vida en esta etapa no son solo juguetes que se van haciendo mayores, sino regalos a Clara, en un sentido simbólico, como impresiones, vivencias y encuentros en diferentes países que visitan durante la travesía. El Drosselmeier de van Cauwenbergh consigue aquí crear momentos de un hechizo sin par y muy histriónicos.

La música de Chaicovski, magníficamente interpretada por la orquesta Essener Philharmoniker bajo la batuta de Johannes Witt (maestro repetidor del Aalto Theater con funciones de dirección musical), es de gran ayuda para este ballet; pero a su vez el desenvolvimiento de la danza hace que la composición cobre también mucha frescura, parece otra, rejuvenecida, ante la explosión de imágenes de ensueño sobre las tablas. La escenografía (Bill Krog, también proyecciones) y las imágenes fílmicas (Aldo Gugolz) crean increíbles atmósferas taumatúrgicas ante la platea...el público se siente emocionalmente dentro del paisaje que rodea la acción.

Aquí se hace más evidente la fuerza creativa de Chaicovski que tiene además la gran virtud de diseñar caracteres musicales muy diferentes para sus ballets (éste fue el tercero, tras El lago de los cisnes y La bella durmiente), desde la obertura, pasando por el Vals de los copos de nieve (con la sobresaliente intervención de Adeline Pastor en el papel de la Reina de la nieve), el trepak ruso (de origen cosaco), el Vals de las flores, el grand pas de deux (extraordinarios Yanelis Rodríguez y Aidos Zakan), hasta el vals final y apoteósis, en el que se luce todo el elenco del Aalto Ballett Essen, con efectos sonoros impactantes. La música hace hablar corporalmente a los bailarines y éstos no necesitan de palabras para expresarse tan magníficamente como lo hacen. La sala del bellísimo Aalto Theater se vino abajo ante la efusividad de los aplausos, ovaciones, gritos y silbidos de aprobación de los espectadores.

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